Su amor por los ecosistemas nació después de realizar un viaje de campo mientras estudiaba biología en la licenciatura. Ver las plantas y los animales en su ambiente natural le provocó tal impresión que se olvidó de los tres años de estudios que había realizado sobre daño genético en la desnutrición y comenzó una maestría en etnobotánica.

Su nombre es Patricia Balvanera y actualmente es investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES), donde ha realizado estudios sobre el sistema socioecológico del bosque tropical seco de la región de Chamela-Cuixmala.

Recientemente la doctora Balvanera participó como coordinadora en la publicación del libro Una mirada al conocimiento de los ecosistemas en México, a través de Ecored, uno de los programas de redes temáticas del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). El libro, que fue publicado en 2016, tiene por objetivo entender los ecosistemas de México y los beneficios que ofrecen a la sociedad.

En entrevista con la Agencia Informativa Conacyt, la doctora Patricia Balvanera relata cómo fue el proceso de investigación previo a la publicación del libro y habla sobre los momentos que marcaron su trayectoria académica.

Agencia Informativa Conacyt (AIC): ¿Cómo surgió el proyecto para la publicación del libro Una mirada al conocimiento de los ecosistemas en México?

Patricia Balvanera (PB): Surgió a través del programa de redes temáticas de Conacyt. El Consejo me invitó a formar parte del CTA que es el Consejo Técnico Académico de una de estas redes, se llamaba Ecored y tenía por objetivo entender los ecosistemas de México y los beneficios que ofrecen a la sociedad.

Entonces Conacyt nos pidió que hiciéramos una evaluación del estado de arte del conocimiento en el tema de la red, y decidimos hacer un estudio sistemático de los ecosistemas de México para conocer cómo están y qué servicios brindan. Partiendo de nuestro marco conceptual del libro, veíamos que estos ecosistemas tienen, por un lado, una gran biodiversidad y había que entender sus especies.

Por otro lado, había procesos que suceden en el ecosistema, que permiten que fluya la energía, los materiales, el agua y que además hay muchas presiones humanas que están afectando tanto las especies como sus procesos.

Eso dio nacimiento a los diferentes capítulos del libro que coordinaron distintos miembros de este comité técnico académico de Ecored, así como los colegas de la red. A su vez, cada uno de estos académicos convocó a otros colegas para llevar a cabo la revisión sistemática de cada uno de estos temas y un análisis de qué sabemos y qué falta por saber.

AIC: ¿De qué trata la parte que coordinó?

PB: Es sobre servicios ecosistémicos, es decir, los beneficios que obtenemos de los ecosistemas. Para este capítulo reunimos alrededor de 30 personas, en su mayoría investigadores, pero había varios estudiantes de posgrado y algunos de licenciatura. En las mañanas tuvimos un curso de servicios ecosistémicos para que todos pudiéramos manejar los mismos conceptos, y por las tardes hacíamos mesas de trabajo para ir seccionando estos conceptos y diseñar la estrategia para analizar los datos y para ir abordando los temas.

AIC: Después de esta investigación, ¿cómo podría decir que trata México los ecosistemas?

PB: En general, en México tenemos una severa degradación ambiental. Hay algunas áreas protegidas que han tratado de conservar pero son insuficientes, por un lado, porque son pocas, y, por otro, porque las características legales de las reservas y sus interacciones con la gente no figuran su permanencia en el largo plazo.

De hecho, recientemente hicimos un estudio donde mostramos que 30 por ciento de las áreas naturales protegidas habían sido concesionadas para la explotación minera y petrolera, lo que es una contradicción.

Consideramos que falta más planeación estratégica, hacer una visión del sistema de interacciones entre sociedad y naturaleza. Sí hay algunos programas importantes en México, pero en general, el problema central es la falta de transversalidad y de visión de largo plazo de las políticas públicas.

AIC: ¿Dónde nació y cómo comenzó su interés por las ciencias biológicas?

PB: Nací en la Ciudad de México. Creo que un factor importante fue que mi padre era médico; desde que éramos muy pequeños nos mostraba películas de cómo hacía sus operaciones. Era ortopedista y ensayaba en la casa las ponencias que iba a dar en los congresos. A veces íbamos también a escucharlo. Yo creo que eso me dejó una huella enorme, en términos del trabajo científico y su presentación en conferencias.

Por otro lado, cuando estaba decidiendo, en la preparatoria, mi padre me llevó a los laboratorios de análisis clínicos y en particular la parte que me fascinó tenía que ver con el análisis del genoma y de los daños genéticos a los cromosomas. Me quedé sorprendidísima, encantada y dije “eso es lo que quiero estudiar” y por eso elegí biología.

AIC: ¿Cómo fue que cambió de estudiar el ADN a estudiar los ecosistemas?

PB: Cuando entré a biología, durante tres años estuve haciendo estudios del daño genético en la desnutrición, pero en el último año en la carrera una profesora nos llevó al campo y descubrí que en realidad me gustaba más el mundo exterior, el contacto con la gente, la naturaleza.

Una vez que nos llevaron, que vi las plantas, los animales, la gente, estar afuera en lugares tan bonitos, me dejó impactada. Fue así que decidí durante la maestría estudiar etnobotánica. Me fascinó estar platicando con la gente, tomar mediciones en el campo y también investigar sobre la historia de las plantas, etcétera.

AIC: Gracias a su trabajo ha tenido la oportunidad de viajar y conocer muchos ecosistemas en México, ¿cuál ha sido el más interesante para usted?

PB: Durante el doctorado me dediqué a la ecología básica, me atrajo mucho. Mi tesis fue sobre árboles en el bosque tropical seco y me quedé enamorada de este sitio. Desde 1994 trabajo en el bosque tropical seco, en particular en la costa de Jalisco.

Su característica principal es que, por un lado, se desarrolla en lugares donde hay suficiente precipitación para que se desarrolle un bosque, pero por otro, se presentan varios meses de muy fuerte sequía. El resultado es que este bosque se caracteriza por tener árboles de menos de 10 metros de altura, por eso se llama selva baja. Además, durante los meses de sequía los árboles no pueden mantener las hojas porque cada vez que tratan de tomar dióxido de carbono (CO2) para hacer fotosíntesis pierden agua, y para evitar estas pérdidas tiran sus hojas, y por eso se llaman caducifolias.

Publicado en Conacyt Prensa