El 70% de la tierra argentina es seca y gran parte de esa superfie está degradada. No obstante, existen herramientas para recuperarlas. Su importancia es mayúscula: Allí se desarrolla el 50% de la producción agropecuaria del país.

La escasez de agua es un problema que sufre gran parte del planeta. De hecho, el 40% de las tierras emergidas del mundo son tierras secas. En la Argentina, el porcentaje se eleva al 70% de la totalidad del territorio. Eso da cuenta de la importancia que tiene para el país este concepto y lo valioso que es conocer las potencialidades y restricciones que representa.

“El gran desafío es la toma de conciencia de la población y sobre todo, de los tomadores de decisiones, de que las tres cuartas partes del país son tierra seca, que están afectadas por procesos de degradación y desertificación, y bajo la amenaza del cambio climático”, asegura la profesora Elena María Abraham, quien es investigadora principal del CONICET, titular de la Cátedra de Ordenamiento Ambiental de la Universidad de Congreso, directora del IADIZA (Instituto Argentino de Investigaciones de Zonas Aridas) y responsable del Laboratorio de Desertificación y Ordenamiento Territorial.

“Muchas de estas tierras ya están degradadas pero con un manejo sustentable, se pueden recuperar. Y si pensamos, que así degradadas y todo, producen más o menos la mitad de la producción agropecuaria del país, podríamos mejorar muchísimo las condiciones de producción y de asentamiento de la población, poniendo mayor atención en ellas”.

Del 17 al 22 de octubre próximos, la investigadora dictará el seminario “Agua, desertificación y cambio climático en las tierras secas” en el marco del posgrado “Futuros”, de la Universidad Nacional de San Martín y su Fundación Funintec. “Futuros” es un foro para reflexionar acerca del futuro, las nuevas tecnologías y los desafíos que enfrenta la humanidad. Este año está dedicado a la situación actual y futuro del agua en el mundo y especialmente en Latinoamérica. Sus actividades incluyen una Escuela de posgrado del 17 al 22 de octubre próximos y un evento abierto al público en el que expertos internacionales debatirán y darán charlas, el 20 de octubre en el Campus Miguelete de la UNSAM.

¿De qué hablamos cuando hablamos de “tierras secas”?

“Hablamos de un concepto paraguas que engloba todos los territorios que tienen algún problema o algún déficit en el aprovechamiento hídrico. Si queremos avanzar un poco más en desglosar este concepto tan amplio, decimos que desde el punto de vista climático, las tierras secas involucran a aquellas que se clasifican desde las hiper-áridas, las áridas, las semi-áridas y sub-húmedas secas;  en donde siempre la relación entre la precipitación y la evapotranspiración (cantidad de agua del suelo que vuelve a la atmósfera como consecuencia de la evaporación y de la transpiración de las plantas) son desfavorables”, explica Abraham.

En nuestro país, la región más árida es el bioma de desiertos y semi-desiertos del monte, que es el centro-oeste argentino. Luego la Puna, los valles y serranías del monte y la Patagonia.

Las tierras secas están afectadas por un proceso de degradación, es decir, de pérdida de  productividad biológica, económica y de calidad de vida para sus habitantes que se denomina “desertificación”. “Esto es el avance de las condiciones de desierto, la pérdida de productividad a largo plazo de estos territorios por mal manejo humano. Es decir, que lo que estamos haciendo es generar desiertos porque no estamos considerando en el uso del suelo, la necesidad de conservar los recursos de la tierra. La estamos agotando”, señala Abraham.

El desafío del futuro

“El concepto más importante, a la hora de pensar en trabajo, es el sistémico. Un concepto holístico. Yo, en esta propuesta de “Futuros – Agua”, quiero incorporar los recursos hídricos que son clave para las tierras secas, pero en el contexto ambiental. En el concepto completo de lo que significa trabajar un ecosistema de tierras secas”, propone la directora de IADIZA y aclara que, en ese sentido, las medidas más eficientes son las que plantean un manejo sustentable de la tierra. Donde se entiende la palabra “tierra” como un sistema, se consideran cada uno de sus elementos, se plantean como problemas y se buscan soluciones integradas.

Ejemplo hay muchos. Trabajar en la reforestación y en la recuperación de la vegetación natural de los sitios que están degradados es una de las propuestas. Mejorar las prácticas agrícolas para hacerlas sustentables, otra.  Luchar contra el avance no controlado de la frontera agropecuaria, también.

La otra posibilidad es hacer un aprovechamiento integrado de los recursos hídricos mediante un paquete tecnológico que trabaje la escasez del agua y busque usos del suelo que no sean tan abrumadoramente demandantes,utilizando otros recursos endógenos del territorio. Trabajar, por ejemplo, con especies de vegetación que sean de bajo requerimiento hídrico, optimizando las posibilidades de acceso de las poblaciones al agua y mejorando la equidad de los pobladores de las tierras secas.

“Si consideramos una cuenca en una tierra seca, lo que normalmente sucede es que los territorios que están en las partes superiores o medias de la cuenca, se apropian de los recursos hídricos y desarrollan sus territorios generando riqueza para sus habitantes, mientras que las sociedades que están instalados en las partes bajas de la cuenca, ven cercenados sus derechos porque no les llega agua. Un ejemplo concreto de esto es la cuenca del río Mendoza, donde el agua se origina en los glaciares de la alta montaña y en las nevadas, y el agua es interceptada para el riego del oasis en la zona media de la cuenca, a través de embalses”, señala Abraham. “Pero el oasis cultivado en toda la provincia alcanza un poco más del 3 por ciento del territorio, el resto son llanuras secas. Donde el agua que antes llegaba por medio de los ríos, queda interceptada para el oasis, entonces los pobladores dependen de las pocas precipitaciones que hay o de las épocas de mucha precipitación en cordillera, cuando sobran los caudales y sólo así puede llegarles un poco más de agua”.

La perspectiva a futuro

El cambio climático y la desertificación están totalmente relacionados, en una relación sinérgica. Todos aquellos territorios que están afectados por la desertificación son más susceptibles de ser afectados por el cambio climático. “En ese sentido, todas las propuestas que hagamos para luchar contra la desertificación, se enmarcan en lo que se denomina “adaptación al cambio climático”.

En este punto, Abraham reflexiona: “Si sabemos ver, contamos con una gran ventaja. El cambio climático involucra la adaptación a procesos de cambio que se vieneny justamente, los habitantes de las tierras secas son un ejemplo de adaptación porque lo único realmente permanente en sus territorios es la variabilidad”.

“Los habitantes de las tierras secas han sabido adaptarse, en milenios, a estas condiciones de variación. Entonces, ahí está la verdadera respuesta que tenemos que entender para relacionarnos con las medidas de adaptación que van a ser necesarias para el planteo en otros territorios, que no son las tierras secas precisamente”.

A modo de síntesis, la investigadora precisa que entre las oportunidades de las tierras secas está la biodiversidad. “Plantas y animales que están adaptados a ambientes de condiciones extremas y variables. Recursos para energías alternativas como la solar, la eólica, la geotérmica. Recursos para generar turismo y para recuperar conocimientos tradicionales. Y lo más importante; que en estas tierras secas se encuentran algunas de las más altas densidades de ganado. Es por esto que mejorar los sistemas ganaderos en estas tierras secas redundaría muchísimo en mejorar lo que se está produciendo y en lograr que la gente pueda quedarse en estos territorios”.

Por Ana Clara Perciavalle – Prensa Futuros