El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) fue creado en 1984, a partir de la iniciativa del antropólogo estadounidense Clyde Snow. Por entonces, eran apenas seis jóvenes estudiantes de Antropología que pasaron de estudiar en un aula a excavar fosas clandestinas con el objetivo de devolverles a los desaparecidos esa identidad que les había sido secuestrada. Así, fueron la clave del proceso de identificación de los desaparecidos durante la última dictadura militar en la Argentina.

Actualmente, el EAAF ya tiene 32 años de historia y lleva identificadas 710 personas desaparecidas, de un total de 1.200 restos encontrados. Ha desarrollado actividades de investigación y de formación en alrededor de 50 países de todos los continentes. Está conformado por 65 profesionales repartidos en oficinas situadas en distintas provincias del país y también de otros países, como México, Sudáfrica y Estados Unidos. Históricamente, se ha financiado con donaciones de fundaciones privadas europeas y estadounidenses. Desde 2004, además, ha contado con el aporte del Estado argentino.

Gracias a este apoyo, en 2007, el EAAF logró poner en marcha la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas, una campaña que busca recolectar muestras de sangre de familiares de desaparecidos durante la última dictadura. Así, se creó el Banco de Sangre de Familiares, que hoy cuenta con unas 10.400 muestras que representan alrededor de 4.200 grupos familiares.

Luis Fondebrider es uno de esos seis pioneros que empezaron la tarea en 1984 y es el actual presidente del EAAF. En una entrevista con TSS, habló sobre el trabajo que realizan, acerca de los desafíos actuales y el significado de cada restitución.

¿Qué dificultades tenían cuando comenzaron a trabajar con los primeros casos?

En 1984, lo más complicado era el momento que vivía la Argentina. La democracia era frágil y había mucha incertidumbre sobre qué iba a pasar. Era todo muy nuevo para nosotros: pasamos de trabajar en un ámbito universitario a trabajar con jueces, policías y familiares de desaparecidos. Fue fundamental la capacitación que nos brindó Clyde Snow y el apoyo de organismos de derechos humanos, como Abuelas de Plaza de Mayo, Familiares de Detenidos Desaparecidos y el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos.

¿Cómo se identifica un cuerpo?

Hay que comparar dos tipos de información. En primer lugar, están los datos ante mortem, que es la información sobre cómo era la persona en vida, desde el punto de vista biológico, de su contexto y cuestiones que tienen que ver con la edad, el sexo, la estatura, enfermedades, señas particulares y la ropa que llevaba al momento de su desaparición. Esa información se compara con la información post mortem, que es la que se obtiene de un esqueleto y a partir de un análisis multidisciplinario, en el que hacen aportes la medicina, la antropología, la odontología y la genética, entre otros. A medida que pasa el tiempo, la identificación se vuelve más compleja.

En la búsqueda de personas desaparecidas, ¿cómo es la investigación previa que los lleva a tener un lugar estimado en el que pueden estar los restos?

Hay que tener un contexto de investigación, una hipótesis de trabajo. En el caso de los desaparecidos, hay que buscar fuentes escritas, como documentos administrativos que haya producido el Estado en los años de dictadura, el libro de ingresos de cadáveres de un cementerio y documentos confidenciales, que pueden estar en manos de organismos de inteligencia o de las fuerzas armadas. Al mismo tiempo, se trabaja con fuentes orales, como entrevistas con familiares de los desaparecidos, que pueden aportar datos del perfil biológico, y con personas que hayan tenido actividad política, que pueden dar datos del proceso de desaparición. Lo que hacemos nosotros con esa información y con los datos obtenidos a partir de la exhumación del cuerpo es establecer el perfil biológico, que incluye características como el sexo, edad aproximada al momento de la muerte y estatura. Posteriormente, indagamos en detalles más específicos, para poder aumentar la probabilidad de coincidencia.

¿Cómo se determinan esas características?

En el caso de los huesos, por ejemplo, a partir de la pubertad adquieren características diferentes para hombres y mujeres, especialmente en la zona de la pelvis. En cuanto a la edad, en general, hasta los 21 años crecemos. Posteriormente, los huesos comienzan a degenerarse de a poco. Esa clase de cambios nos permiten calcular una edad aproximada, nunca exacta, de una persona al momento de su muerte. Pero todo análisis tiene que ser multidisciplinario.

¿Se incrementó la cantidad de identificaciones a partir de la puesta en marcha de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas?

Sí, fue fundamental porque la limitación que tuvimos durante muchos años fue la falta de datos ante mortem. Muchos desaparecidos eran jóvenes que no tenía características específicas para comparar o no se les tomaron a los familiares los datos necesarios, porque en la Argentina no hay ninguna ley que obligue al odontólogo a guardar sus registros, por ejemplo.

¿Por qué no se hizo antes? ¿Tuvo que ver con alguna decisión política?

Por un lado, porque el desarrollo de la genética forense relacionada con la identificación tomó gran impulso después del ataque a las Torres Gemelas. Por otro lado, tampoco teníamos los fondos para hacerlo. Recién en 2005, el Congreso de Estados Unidos aprobó un proyecto, que también abarcó a Perú y a Guatemala, que nos otorgó fondos. Al mismo tiempo, contamos con el apoyo del Gobierno argentino, a través de los Ministerios de Salud y de Justicia. El Ministerio de Salud de la Nación puso a disposición de este proyecto cerca de 60 hospitales en todo el país donde los familiares pueden ir a dejar su muestra de sangre. La Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, y la de la provincia de Buenos Aires, pusieron a disposición oficinas donde el familiar de un desaparecido puede informarse y pedir un turno para ir al hospital. Hubiera sido imposible hacer este proyecto si no hubiéramos contado con la coordinación y el apoyo del Estado.

El EAAF ha sido convocado para trabajar en unos 50 países. ¿Por qué los convocan?

Por diversas razones. En ocasiones, los familiares no confían en los forenses oficiales. También puede ser que un país no tenga recursos formados en ciencias forenses, ya que este campo es muy especializado y no es el trabajo habitual de un médico forense, que suele trabajar con cadáveres frescos. Por último, hace 32 años que trabajamos en esto y nos tienen confianza.

¿Cómo se cotejan las muestras con los perfiles biológicos que tienen en el Banco?

Utilizamos un software específico. Nuestro laboratorio de genética forense está en Córdoba y lo dirige el doctor Carlos Vullo. Ellos cruzan la información genética con datos obtenidos del análisis antropológico, médico y de contexto. Cuando se trabaja con gran cantidad de muestras en poblaciones con muchas personas desaparecidas, se corre el riesgo de que haya falsos positivos. Tratamos de evitar eso.

¿En qué casos trabajan actualmente en la Argentina?

Hacemos prospecciones en diferentes lugares donde funcionaron áreas militares. Trabajamos en el centro clandestino de detención La Perla desde 2004. Allí, el año pasado, encontramos en una zona donde había hornos, restos que correspondían a cuatro personas que pudimos identificar, pero se sigue trabajando en otras partes del predio. También estamos trabajando en el análisis de restos recuperados en el Pozo de Vargas, en Tucumán. Nos estamos centrando más en lugares por fuera de cementerios, por lo que la búsqueda se vuelve un poco más compleja.

¿Qué significado tiene para las familias identificar a uno de sus miembros que estuvo desaparecido durante mucho tiempo?

Lo que dicen los familiares, en general, no solo en la Argentina, es que para ellos es un momento muy triste, por la certeza de que su familiar está muerto, pero, a la vez, la identificación de un cuerpo mitiga el dolor, por la angustia de tantos años de no saber qué pasó con un ser querido. También es la posibilidad de enterrarlo con dignidad y de poder visitar la tumba cuando quieran.

¿Y para ustedes qué significa?

Para nosotros es el momento más importante de nuestro trabajo. La gratificación de poder dar una respuesta a cada familia con la que trabajamos.

¿Qué desafíos se planteaban cuando comenzaron en 1984 y cuáles tienen hoy?

Cuando empezamos a trabajar éramos muy pocos y no había planificación en nuestro trabajo. Por entonces, nos planteamos objetivos que hoy siguen presentes: poder encontrar los cuerpos, restituirlos a sus familiares y aportar pruebas científicas a la Justicia. Quizás hoy en día podemos agregar el objetivo de volcar la experiencia en capacitación y entrenamiento de nuevos profesionales que continúen con nuestro trabajo, tanto en la Argentina como en el resto del mundo. También pasamos a trabajar en casos de desaparecidos en democracia, de víctimas de trata de mujeres y de violencia policial, como el de Luciano Arruga.

¿El paso del tiempo es una presión?

Sí. Es una responsabilidad muy grande porque los familiares confían en nosotros. Utilizamos las técnicas más avanzadas y hacemos el mayor esfuerzo posible, pero también somos claros con los familiares en que la ciencia no es magia. Si los que hicieron estas cosas dijeran dónde están los cuerpos, sería todo mucho más fácil.

Nadia Luna – Agencia TSS