Talento hay de sobra en el país, y en esta ocasión tres estudiantes se unieron para crear mediante un experimento algo sumamente innovador.

Hace tres años, Diana Fuentes, Alberto Gutiérrez y Mildred Solís se vieron obligados a pensar en un proyecto para desarrollar en el Colegio Técnico Profesional de Oreamuno de Cartago y nunca imaginaron hacer crecer la población de microalgas para ayudar al ambiente.

De la mano del profesor Juan Carlos Porras y luego de tres años de experimentos, lograron inyectarles el dióxido de carbono, un contaminante del aire.

Solemos creer que los automóviles son los grandes aportadores de dióxido de carbono, pero olvidamos el emitido por las calderas industriales.

Días y noches tuvieron que dedicar, pero también, debieron tocar puertas.

Por ello, contactaron a una empresa en Argentina para pedir ayuda, pero para su sorpresa les respondieron que acá en Costa Rica había una experta en el tema de microalgas.

Se trata de Maritza Guerrero, coordinadora del proyecto de microalgas en el Instituto Tecnológico de Costa Rica (TEC).

Inicialmente, la idea era formar biodiésel con base en microorganismos, pero durante el proceso se dieron cuenta de que no era viable.

Pero a pesar de ello, ganaron la feria científica a nivel institucional y circuital a pesar de que el proyecto no estaba maduro.

“Ella nos recomendó buscar un medio controlado que debía de emitir dióxido de carbono y nos dimos cuenta que las microalgas son las grandes captadoras de dióxido de carbono a nivel mundial, no hay otra especie como ellas y son las mayores liberadoras de oxígeno”, recordó Fuentes.

También, requirieron de la ayuda de una empresa que poseyera una caldera para afinar la idea.

Hasta los feriados

No hubo días libres, fines de semana, ni feriados en que estos tres jóvenes ejemplares no dedicaran tiempo para ver el fruto de la idea.

Para que la población de microalgas aumentara, tuvieron que llevar un proceso de nivelación de temperatura durante dos meses, con el fin de estar seguros del momento adecuado para hacer el experimento.

Antes de eso, los estudiantes tuvieron que aprender a contar la población de microalgas por cada centímetro cúbico de agua.

Los jóvenes también aprendieron a utilizar una caldera de forma manual pues, como los gases salen a más o menos 200 grados de temperatura, construyeron un filtro a base de arena, para hacer que ese gas se enfriara.

Y lo lograron. Dieron con la temperatura adecuada para inyectarles el dióxido de carbono en condiciones controladas a las microalgas.

Con ello, consiguieron que la población aumentara en un 92 %.

“Es así como estamos tomando un desecho industrial para convertirlo en un combustible amigable con el ambiente o con otros productos que se podrían sacar de ahí, en esta segunda fase es la que estamos”, destacó el profesor.

De esta forma, los microorganismos transforman el dióxido de carbono en oxígeno y esas microalgas reproducidas pueden ser utilizadas para abono orgánico y pastillas para ciertas enfermedades”, destacó Gutiérrez.

Para lograr todo esto, hasta recibieron clases en el TEC sobre cómo redactar un proyecto científico.

Ahora, el Tecnológico avaló la propuesta de negocios para incursionar.
La idea de los jóvenes es dar auditoría a las empresas para tomar dióxido de carbono y que se conviertan en carbono neutrales.

Con este proyecto han participado en Expoingeniería, que ganó en la categoría de Biotecnología. Mientras que este viernes participaron en ExpoJoven.

Una segunda etapa

En ese mismo colegio, otros estudiantes, también de la mano de Porras, ahora buscan que esas microalgas se conviertan finalmente en un sustituto del carbón.

Los gases de caldera llevan metales pesados como cromo y plomo, entonces los microorganismos se pueden procesar para producir pellet que es un combustible seco.

Es así como este producto seco sirve para asar carne en lugar de utilizar carbón, destacó Porras.

Por tal motivo, contribuyen al ambiente pues no se necesita cortar árboles.

El CTP de Oreamuno es el único que cuenta con un convenio de este tipo con el TEC.

La Prensa Libre