En noviembre de 2015, la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (Anmat) autorizó la primera importación legal de un medicamento elaborado a partir de una planta de cannabis. Se trató del aceite Charlotte´s Web –proveniente de Colorado, Estados Unidos–, que fue recetado a Josefina Vilumbrales, una niña de tres años cuya epilepsia refractaria le producía más de 700 convulsiones diarias que no podían ser controladas por ninguno de los tratamientos tradicionales. Al hacerse público, su caso dejó al descubierto un gigantesco mundo subterráneo de pacientes que hoy utilizan la marihuana como paliativo para los dolores producidos por enfermedades como el cáncer, la fibromialgia, el Parkinson, la esclerosis múltiple, y también frente a las depresiones y los trastornos alimenticios y del sueño. Todos ellos, para las leyes de nuestro país, hoy son considerados delincuentes.

En la Argentina, la actual Ley de Drogas establece no solamente que el uso de la marihuana es ilegal en todas sus formas, sino que además define a la planta como carente de valor terapéutico, lo que impide cualquier investigación científica en relación a sus posibles usos medicinales. En este contexto, son muy pocos los médicos que se plantean recetarla o hacer un seguimiento de aquellos pacientes que han tomado la decisión de utilizar la marihuana como medicina a pesar del peligro legal que eso implica. “Hay miles de personas en la Argentina tratándose con cannabis sin nadie que se los recete y que los ayude a encontrar la dosis y la cepa indicada para ellos. El Estado, que es el que debe poner las reglas del juego y permitir un acceso legal a la molécula, está completamente ausente en este terreno”, advierte Marcelo Morante desde el aula que la Facultad de Medicina de La Plata destinó al Área de Medicina del Dolor, donde trabaja como docente e investigador. “Hoy en día la sociedad está polarizada en relación al uso del cannabis medicinal. Y lo que se siguen reflejando son posturas desinformadas, sustentadas en prejuicios. Todavía no hemos logrado darnos un debate serio sobre esta problemática, y es el dolor de las personas lo que seguimos sin resolver.”

–En el camino hacia este escenario, caracterizado por cientos de familias que utilizan una medicación prohibida por las leyes argentinas, ¿cuál es el rol que ha tenido la comunidad médica?

–Los médicos nos hemos silenciado frente a la marihuana desde su prohibición en la década del setenta, a pesar de que en todo el mundo iban surgiendo cada vez más estudios en relación a sus usos medicinales. Pactamos un silencio que apoyó a la ilegalidad y el narcotráfico. El prohibicionismo entró en nuestros consultorios. Y nunca debió pasar eso. A la par de las políticas destinadas a prohibir el consumo de marihuana, mundialmente se comenzó con una campaña en la prensa para vincular la planta a los delitos y la violencia. Demonizaron una sustancia y corrieron el eje de nuestra discusión. Yo, como médico y científico, lo que me tengo que plantear es si la marihuana tiene o no una capacidad para resolver los síntomas de mis pacientes.

–Hace algunos meses se aprobó el ingreso del aceite Charlotte´s Web a la Argentina, ¿qué fue lo que cambió para que eso sucediera?

–En la Argentina, el cannabis es una solución que no fue planteada por los médicos, sino que llegó a través de los padres que querían tratar a sus chicos con epilepsia. Recorrió el camino inverso. Es la sociedad la que está buscando una alternativa válida para las convulsiones que no responden a los tratamientos convencionales. Lo único que pudo terminar con posturas médicas asentadas en prejuicios fue Josefina convulsivando casi 30 veces por hora todos los días de su vida. Recién ahí fue que la comunidad científica dijo que hay “excepciones”. La sociedad necesitó un golpe bajo para comenzar a analizar la realidad clínica de una sustancia demonizada. Pero lo mismo debería suceder para pacientes con cáncer o VIH, cuando no hay herramientas para darles siquiera un buen morir. Entonces creo que debemos replantearnos por qué le permitimos solamente a Josefina esta posibilidad, y no a todas aquellas personas que podrían mejorar su calidad de vida gracias al cannabis.

–¿Cuáles son las posibilidades terapéuticas que se abren con el uso medicinal de la marihuana?

–El cannabis es una medicación con la que podemos atenuar los dolores producidos por enfermedades complejas como el cáncer, la esclerosis múltiple o la fibromialgia, pero con niveles bajísimos de toxicidad. Es la mejor droga complementaria que conozco, ya que permite reducir la mayoría de los efectos secundarios producidos por las drogas que se utilizan frente a estas enfermedades. Actúa en simultáneo sobre el humor, el apetito, el sueño y el dolor. Plantearse un tratamiento sobre todos estos aspectos a través de las medicaciones tradicionales implica una serie de desequilibrios químicos, negativos para el organismo, que la marihuana no produce. En epilepsias refractarias, como en el caso de Josefina, incluso logra reducir las convulsiones, mientras las medicaciones tradicionales no producen ninguna mejoría. Pero al ser una sustancia prohibida, contamos con muy pocas investigaciones científicas en comparación con otras drogas, y eso limita también los usos que podamos darle, ya que desconocemos muchos de ellos.

–¿Pueden cubrirse todos los tratamientos que menciona a través de la importación del aceite Charlotte´s Web?

–El aceite no funciona para todos los pacientes. Está indicado únicamente para casos puntuales de epilepsias refractarias. Y tampoco creo que pueda cubrir siquiera los tratamientos de esta enfermedad. Hoy para conseguir el aceite hay que pasar por una serie de trámites engorrosos y complicados. Termina costando alrededor de 300 dólares tener la cantidad necesaria para tres meses de tratamiento en un niño con epilepsia refractaria, cuyas dosis son mínimas. En un adulto es mucho más caro. Importar el aceite es una posibilidad de conseguir la medicación que tiene poco futuro, pero fue el puntapié inicial. Ahora podemos abrir la discusión para comenzar a generar aceites en la Argentina. Hay que agarrarse de esta mínima respuesta que tuvo que dar el Estado cuando las familias comenzaron a golpearle la puerta en busca de soluciones.

–¿Cuáles son los pasos necesarios para que se pueda producir el aceite en la Argentina?

–Lo primero que necesitamos es contar con un ensayo clínico que certifique los resultados del uso medicinal del cannabis en pacientes con epilepsia. En la Facultad de Medicina de La Plata están las instalaciones preparadas para hacerlo, los pacientes decididos a ser parte de este ensayo y también el equipo médico. El proyecto está en todos los ministerios: Justicia, Salud, Ciencia y Tecnología, y también es apoyado por el vicegobernador de la Provincia de Buenos Aires. Para que se comience el ensayo clínico, que ya ha sido evaluado por Anmat, solo falta la aprobación del Poder Ejecutivo, que nos permita conseguir una fuente legal de la sustancia que vamos a investigar. Una vez que realicemos el ensayo y logremos que la molécula sea reconocida por sus resultados medicinales, todo el camino se allana. Ahí ya estamos a un paso de modificar la ley y poder producirla de manera legal en la Argentina, como ha sucedido en Chile hace pocos meses. No es complicada la investigación, ya se ha realizado en muchos países del mundo, pero esto además va a abrir un debate en la comunidad, y es posible que eso sea lo que esté frenando la aprobación que necesitamos.

–¿Cree que esa aprobación pueda llegar en el corto plazo?

–Yo creo que estamos a meses de que esto suceda. Hoy ya hay un proyecto de la diputada Diana Conti (Frente para la Victoria) en el Congreso, que prevé modificar la Ley de Drogas en la Argentina para que el cannabis pueda ser utilizado de manera medicinal. A corto plazo, nosotros ya tenemos una reunión pautada con el Ejecutivo para poder empezar con nuestro ensayo clínico. Una vez que contemos con esta investigación, los médicos ya tendremos lo que nos falta para poder indicar la marihuana por receta. La cuestión es: ¿todos los epilépticos refractarios responderían al aceite Charlotte´s? Posiblemente no. Entonces hay que tener alternativas. Otros aceites. ¿Qué estrategias vamos a usar en los pacientes que no responden a la medicación? La marihuana medicinal es una sustancia donde importa mucho la interacción de todos sus componentes químicos. Eso dificulta la dosificación, y aún nos falta evidencia científica en otros tipos de epilepsias. Pero para poder desarrollar cepas que puedan ser efectivas en otros pacientes necesitamos una sustancia legalizada para poder ensayar en el laboratorio. La ciencia está para eso. No estamos para exigir evidencias, sino para generarlas. Si como autoridad me piden el ensayo clínico que garantice la efectividad del cannabis medicinal, entonces que me den las condiciones para generarlo.

–Como usted mencionó, el año pasado el Congreso chileno aprobó el cultivo de marihuana con fines medicinales, ¿cómo ve hoy la situación regional en torno a este debate?

–Cuando yo voy a dar una charla a Chile me doy cuenta de que el debate en la Argentina comenzó más tarde. Ellos ya pueden recetar cannabis, tienen sus cultivos medicinales. Con respecto a la región creo que somos de los países más atrasados. En Uruguay, México, Colombia y Brasil ya están un paso más adelante. Uruguay fue por todo, por una regulación que incluye el uso recreativo de la sustancia. Pero en el resto de los países se está apuntando a lo que es el cannabis medicinal. Cada país avanza en su legislación de manera particular, pero el debate está instalado. Incluso podemos plantearlo a nivel mundial. En Holanda, Canadá, Estados Unidos, Israel, Checoslovaquia, Portugal, Suiza, todos esos países ya cuentan con estudios y utilizan la marihuana de manera medicinal. Hoy la evidencia científica demuestra que el cannabis debe tener un lugar en la farmacopea. Si queremos utilizarlo, tenemos que adaptar las leyes que quedaron viejas para lo que hoy estamos viviendo.

–En la Argentina, el cultivo de marihuana continúa siendo penado por la ley, lo que dificulta el camino para poder producir y conseguir la medicación. ¿Cómo ha podido trabajar en este contexto?

–Hay un gesto muy humanitario de los consumidores recreativos, con quienes yo tenía muchos preconceptos. Pero veo que las madres consiguen el aceite para sus hijos de manos de ellos. Son los que les hacen el aceite. Muchos separan parte de lo que cosechan para su consumo y destinan también una parte para el uso medicinal, y lo distribuyen gratuitamente. Entonces, más que ponerme en el rol de policía, tuve que aprender de ellos para poder hacer los mejores aceites. Y hoy están con el temor de que la policía les allane las casas, los detenga o los lleve presos. Esa es nuestra realidad. Hoy doy gracias de que existan los cannabicultores. Pero cuando la demanda supere lo que ellos producen, van a entrar en juego las leyes del narcotráfico. Y ése es el peor escenario. No tenemos que llegar a ese punto.

–Al haber familias y pacientes utilizando el cannabis sin formación ni contención médica, ¿cómo han logrado dar con las dosis para suministrar el medicamento?

–Las dosis las fueron encontrando a través del ensayo y el error. Las mamás probaban con una gotita, luego con dos. Hasta que veían que frenaban la convulsiones de sus hijos. Entonces se lo transmitían al médico, que prefería no escucharlas para no involucrarse en el proceso, por más de que fuera beneficioso para su paciente. Entonces en ése vínculo también hay uno de los peores escenarios. Una familia que piensa que está usando cannabis medicinal pero lo hace sin control médico, y eso no puede ser nunca medicinal, porque no tienen una fuente legal para conseguir la medicación. Podría ser cuanto mucho terapéutico, porque la madre detecta que con el aceite su hija está mejor. Pero para que podamos llamarlo medicinal le faltaría la fuente legal de la sustancia, la estandarización de las dosis y el control médico. Acá en Argentina hay mucha gente tratándose, y yo como médico no me puedo negar a controlar si ese tratamiento tiene efectos adversos. Muchos médicos se niegan a dar recetas. Ahora, si el paciente ya está consumiendo, ¿no lo voy a controlar? Yo no soy el brazo de la policía para denunciarlo porque está consumiendo un aceite que le calma los dolores.

–¿Existen casos en los que no recomiende el uso de cannabis medicinal?

–Hay que tener ciertos cuidados. En casos donde el paciente es más vulnerable, como en adolescentes, embarazadas, pacientes psiquiátricos, ahí tenemos un gran problema sanitario con el cannabis. Pero saliendo de allí, tenemos poblaciones que lo podrían recibir muy bien, que son los pacientes que están en cuidados paliativos: dolor y cáncer, epilepsias refractarias, esclerosis múltiple. Hay que poder diferenciar una situación de vulnerabilidad y una situación de oportunidad. Tenemos pacientes en donde la calidad de vida es su gran enfermedad. Una familia como la de Josefina, con una niña convulsivando 700 veces por día, no vive.

–Se han desarrollado diferentes vías de administración de la marihuana con fines medicinales, incluso drogas sintéticas en base a la planta, ¿cuáles son las formas médicas con las que usted ha decidido trabajar?

–Las primeras drogas sintéticas hechas en base al THC, que fueron la Navilona y el Navilón, no fueron lo suficientemente efectivas. Pero lo que tiene futuro en el campo medicinal, que es con lo que nosotros estamos trabajando, es la forma herbárea, que puede vaporizarse o transformase en aceites. Las síntesis químicas lo único que logran es limitar la planta a uno o dos de sus principios activos, que son el THC y el CBD, pero la planta posee muchísimos más, que interactúan entre sí al ingresar en nuestro organismo. Y esa interacción, con todos los constituyentes de la planta, solo se puede sostener a través de la vaporización o el proceso de aceites. Eso es lo que yo aprendí en Canadá. Pero eso habla de un paradigma médico distinto, de vincularnos con la planta, de escuchar cuáles son los efectos que el paciente va experimentando. Tener hoy un vaporizador o un aceite que tienen efecto en forma inmediata y que logran suplantar analgésicos sintéticos es muy importante para los médicos, y es una posibilidad que estamos desperdiciando.

–¿Cómo sería este nuevo paradigma al que se refiere?

–La marihuana nos lleva hacia una forma diferente de medicar. Es una molécula que nos va a llevar hacia atrás, al momento en el que la medicina borró la opinión del paciente para definir una medicación. Esa no es una tarea que le pertenece solamente al médico. Yo le pregunto siempre a mis pacientes cuáles son las herramientas que ellos tienen para tratar su enfermedad y cómo creen que deben usarlas. Pero los pacientes hoy renuncian a usar cualquier herramienta y depositan en los médicos el poder de quitarles su dolor. Yo lo que tengo que hacer es darles las herramientas, mostrarles las posibilidades, que sepan que pueden recurrir a una pastilla, a la acupuntura, a la quiropraxia, al cannabis, a la homeopatía. La responsabilidad médica tendría que llevarnos hacia un modelo en el que los médicos te den las herramientas para que vos trabajes en forma activa en ver cómo hacés para tratar tu dolor. Hay que empoderar al paciente para que se sienta dueño de su dolor. El va a definir las herramientas para tratarlo. Si una familia decide que va a utilizar el aceite de cannabis para su hija, porque han encontrado grandes mejorías, lo que nos queda a nosotros es formarnos para acompañar esa decisión.

–Desde la visión tradicional de la medicina, podría argumentarse que los pacientes no poseen la formación ni la información necesaria para decidir sobre su tratamiento, ¿qué piensa usted en relación a ese modo de entender la medicina?

–Creo que un gran médico debe ser un gran educador de hábitos, de afecto, de empatías. Y yo no entiendo esa educación como un proceso vertical donde yo doy las órdenes y el otro las cumplís. Yo la veo como un proceso horizontal, donde el paciente pueda cuestionar al médico. Porque así puedo nutrirme yo también. Lo otro es dar directivas, que es el modelo médico tradicional. Y si la cosa sale bien es gracias al médico y si sale mal lo mismo. Entonces se multiplican los juicios por mala praxis. Socialmente no puede ser que tengamos a todos los médicos preocupados más por un posible juicio de mala praxis que por el dolor del paciente. Lo que tenemos que reevaluar es el sistema de formación y de asistencia médica. Cuando hablamos del sistema médico, por ejemplo, hay que preguntarse: ¿cuántos pacientes se pueden contemplar para un médico de cabecera? Si el sistema va a darle un paciente cada diez minutos, entonces no es posible ejercer ningún tipo de medicina. Ni la tradicional ni la alternativa. Y eso es lo que pasa hoy.

–¿Qué lugar cree que puede ocupar la marihuana en el intento por modificar el sistema médico actual?

–La mayoría de las enfermedades que hoy nos tocan asistir están atadas al dolor. El 70 por ciento de los pacientes con dolores crónicos no logra reducir sus niveles de dolor a pesar de los tratamientos tradicionales. Ese valor es altísimo para la sociedad. Es un gran fracaso médico. Entonces tenemos que empezar por ahí. Por saber qué discutimos, y creo que aquí es donde el debate frente al cannabis medicinal puede generar cambios más profundos. ¿Discutimos el cannabis como un problema sanitario o discutimos el dolor?, ¿o discutimos qué lugar puede tener el cannabis frente al dolor? Es un error de conceptualización entender al dolor solamente como un síntoma. El dolor es una experiencia que contiene todo lo que constituye a la enfermedad. Si uno no está bien en su trabajo, o con su pareja, tiene un dolor. Es un término que no debemos simplificar y limitarlo al plano de lo fisiológico. El dolor es un fenómeno multidimensional: sociocultural, cognitivo, espiritual, articular, emocional. Cuando comencemos a tratar al dolor sin estar limitados por prejuicios, con herramientas como el cannabis, que nos permiten abarcarlo en todas sus dimensiones, estaremos más cerca de un sistema médico que contemple al paciente en toda su humanidad.

Diego Fernández Romeral – Página 12