Un bebé que a los seis meses de edad no sonríe y no mira a los ojos ni tiene interacción con sus padres puede sufrir algún trastorno del espectro autista (TEA). En México se realizó el primer estudio sobre la prevalencia de la enfermedad: uno de cada 115 niños y adolescentes vive con este padecimiento.

Así lo reveló la investigación de Eric Fombonne de la Universidad McGill Health Centre, de Canadá, en colaboración con la Clínica Mexicana de Autismo.

Esa prevalencia significa que en el país viven con TEA aproximadamente 94 mil 800 niños de cero a cuatro años, y 298 mil entre cinco y 19.

Podrían ser más, comentó María Elena Medina Mora, directora del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz. Explicó que la investigación se realizó en Guanajuato por estar ubicado en el centro del país, pero falta realizar proyectos similares en las zonas norte y sur, así como en las áreas rurales, para obtener datos más precisos sobre la situación del TEA en México.

Sin embargo, aclaró que al tratarse del primer estudio de prevalencia efectuado bajo los estándares internacionales, sus resultados son válidos para extrapolarlos a escala nacional.

A un año de vigencia de la Ley General para la Atención y Protección a Personas con la Condición del Espectro Autista, la investigación efectuada con niños de ocho años de edad de Guanajuato encontró que los pacientes enfrentan obstáculos en el acceso a servicios de salud y educación. Sólo 22 por ciento de los menores con el padecimiento fue diagnosticado antes de los cinco años, lo cual limita o de plano les impide entrar a la escuela, señaló Carlos Marcín, director de la Clínica Mexicana de Autismo.

Agregó que la mitad de los infantes a los que no se identifica ni se confirma el diagnóstico de TEA no logra incorporarse al sistema educativo regular. En el país esto es un problema, si sólo uno de cada cinco de los pacientes tiene acceso a atención médica especializada desde sus primeros años de vida.

El estudio también encontró que una tercera parte de los pacientes tenía un funcionamiento intelectual dentro del rango promedio; 69 por ciento presentaba conductas desafiantes; 44 por ciento problemas emocionales; sólo 28 por ciento tenía lenguaje fluido, y 36 por ciento podía llevar una conversación simple.

Indicó que existen métodos con los que se puede confirmar o descartar la presencia del trastorno desde los 18 meses de edad o antes, como la identificación de algunos síntomas, entre ellos el aislamiento y que los niños no respondan ni sonrían.

Por Ángeles Cruz Martínez – La Jornada