Los científicos naturales solemos usar modelos confiables para entender muchos objetos, y si se trata de ciertos procesos sociales esto se nos hace casi inevitable. Cuando logramos encontrar la esencia de un fenómeno a partir de un hecho trivial nos damos cuenta de que vale la pena. Tal es el caso de una manzana cayendo de un árbol, que fue usado por Newton para relacionarlo con la gravedad y explicar así el movimiento orbital de la Luna alrededor de la Tierra.

Si consideramos que todo el trabajo que realizan las mujeres y los hombres de un país es su única fuente primaria de creación de riqueza, inmediatamente tenemos que pensar en la forma de medirla. En las ciencias naturales diseñaríamos un instrumento que mida la cantidad de trabajo realizado. Pero en este caso el sistema social a medir no se comporta igual que un sistema natural. Entre el trabajo realizado y la producción de valor median los intereses, la voluntad, la demanda, de las personas. Para producir una tonelada de azúcar de caña se trabaja mucho, tanto en el campo, como en la industria, como en el transporte. Probablemente la producción de una tonelada de petróleo requiera bastante menos trabajo. Hoy el valor de ambas toneladas es parecido. Hace unos meses la tonelada de petróleo multiplicaba la de azúcar en valor, y probablemente vuelva a ser así en el futuro. No todos los trabajos valen igual. La necesidad de los productos de un tipo de trabajo determina que sea más requerido que otros, y entonces su medición con respecto a la creación de riqueza debe ser diferente. Los valores de cambio no se comparan directamente con otros valores intrínsecos al producto de cualquier trabajo.

Sin embargo la unidad de medida en todos los casos es la misma: el dinero. El valor del dinero no tiene nada que ver con lo que cuesta producirlo en si mismo, sino con lo que se puede cambiar. Es una mercancía universal y solo sirve para eso en tanto se le respete su propia definición. Si se le pone algún límite a su cambio, se puede prescindir de él. Es como quitarle las ruedas a un automóvil. Podrá seguir siendo un automóvil, pero no sirve para ser usado como tal. Si se coarta o limita de alguna forma el valor de cambio del dinero las mediciones se hacen imposibles, porque no hay forma alguna de comparar el valor de una tonelada de azúcar, una de petróleo y el del trabajo que realizan las personas para producirlas sin un dinero absolutamente equivalente y de capacidad liberatoria ilimitada. Incluso se puede incurrir en el grave error de subestimar el valor del trabajo, con desastrosas consecuencias para una economía nacional.

La investigación científica, el desarrollo tecnológico y la innovación son formas de trabajo del ser humano. Pueden ser muy complejos y requerir mucho esfuerzo. También pueden ser menos intensos. Pero en este caso es prácticamente imposible medirlos por su valor en el mercado de la oferta y la demanda, al menos en el momento de su producción. Probablemente el descubridor de la forma de hacer fuego no fue adecuadamente retribuido en su momento ancestral por la inmensa riqueza que eso le iba a proporcionar a toda la humanidad. Por eso, la forma que se usa hoy en el mundo para evaluar estas actividades es a partir de lo que consumen, de su gasto de valor creado por otras fuentes de riqueza en la sociedad.

Los políticos talentosos, como algunos funcionarios británicos en la época de la invención de la máquina de vapor y de la generación de electricidad, como se afirma que fue la reina Isabel la Católica en los tiempos de Cristóbal Colón, como Fidel en la época del surgimiento de la biotecnología, no tienen reparos en afrontar los gastos de los descubrimientos, la ciencia, la tecnología y la innovación. Saben que es una inversión a riesgo, de futuro, pero que puede dar unos dividendos económicos y sociales que multiplican muchas veces los gastos originarios. Imaginemos como hubiera sido la historia sin las intervenciones políticas europeas y cubanas que hemos usado como ejemplo más arriba.

Desde el punto de vista humano, los resultados de esta inversión en el saber son aún más valiosos. Puede que un resultado nunca sea un producto comercial en sí mismo. La Segunda Ley de Newton no tiene valor alguno en el mercado. Pero la humanidad no sería siquiera comparable a la de hoy si no se conociera y usara ubicuamente.

Muchos argumentan que la formación de doctores, la educación de investigadores independientes a través de la propia investigación, debe conducir invariablemente a la creación de riqueza material en una sociedad. ¿Es esto así, a partir de todos los razonamientos anteriores?

La creación de riquezas para la sociedad a partir de conocimiento y la innovación no se puede basar en la simple indicación a los científicos de que las produzcan con su trabajo. Eso es reducir un problema de la organización, la economía y la cultura de toda una sociedad, transversal a todos sus actores, a convertirse en obligación exclusiva de uno de sus componentes, el de la producción de conocimientos y la formación doctoral, como sus profesionales más protagónicos. Es inefectivo y es injusto. Es “pedir peras al olmo”. Lo cierto es que en la medida en la que una sociedad, toda, sea más innovadora será más rica, más competitiva, más humana, más feliz y seguramente más solidaria, si la riqueza se produce fundamentalmente en interés social.

Cuba Debate