La clonación es un tema apasionante. El periodista lo sabe, y aguarda con entusiasmo por la llegada de un verdadero especialista en el campo. Mientras tanto, pide un cortado y revisa un libro de Ryunosuke Akutagawa escrito en Tokio en 1915. Cuando Daniel Salamone comienza a hablar, los vecinos de las otras mesas se dan vuelta para ver qué ocurre. Tiene la voz potente, la mirada constante y una formidable capacidad de oratoria. Habla con el cuerpo. Baila y todos acompañan su ritmo.

–Salamone, usted es Veterinario de la UBA, tiene una maestría en la Universidad de Saskatchewan de Canadá y un doctorado en Biotecnología y Biomedicina por la Universidad de Massachusetts. ¿Por qué estudió todo esto?

–Siempre me gustaron los animales y cuando empecé veterinaria, me interesó tanto la carrera que nunca pude dejar de estudiar al respecto. No obstante, todo no fue tan lineal: al comenzar los trabajos experimentales, me frustré un poco porque –en algún sentido– me impedía aplicar todo lo que aprendía respecto a la medicina.

–¿Por qué?

–Porque cuando había, por ejemplo, un paciente renal y quería utilizar todas las herramientas tecnológicas que tenía a mi alcance, de algún modo se complicaba. En una ocasión, la persona que cuidaba al animal me solicitó que lo sacrificara en vez de curarlo, y ello me produjo un gran malestar. Luego, tuve la posibilidad de trabajar en el INTA y descubrí la riqueza de la investigación.

–¿Y cómo es investigar en veterinaria?

–Inicialmente, me desempeñaba como patólogo, es decir, me dedicaba a estudiar las cosas al microscopio. De modo que tuve cierta necesidad de reinventarme. En efecto, descubrí la belleza del proceso reproductivo y me di cuenta de que se trataba –definitivamente– del área en la que quería incursionar. En este sentido, comencé con la reproducción de embriones en el laboratorio.

–Ello se vincula con su experiencia en Japón…

–Exacto. En Japón aprendí cómo fabricar embriones de vaca, pero como veía que no era suficiente continué con mi formación tres años y medio en Canadá, y otro lapso equivalente en Estados Unidos. Por aquella época emerge el caso “Dolly” –el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta, en 1996, Escocia– y, finalmente, definí mi destino: me ocuparía de la clonación así como también de la búsqueda de otras estrategias reproductivas.

–Usted aprendió a fabricar embriones. ¿Cómo se fabrican?

–Los primeros embriones que fabricamos fueron a través de la tecnología de la reproducción in vitro en terneros. Era muy difícil su realización y la realidad es que nos costó varios meses contar con el primer ejemplar en el país. Recién allá por 1994, teníamos bien definido un proceso de base que nos permitía en siete días hacer crecer un embrión en el laboratorio. De modo que Dolly apareció en 1996 y en 2001, nosotros produjimos los primeros clones que, además, eran modificados genéticamente. Un año antes me había contactado el actual ministro de Ciencia y Tecnología, el doctor Lino Barañao, para trabajar en conjunto a la empresa Biosidus y emprender este camino en el ámbito nacional. Finalmente, a partir de 2005 logré instalar mi laboratorio con sede en la Facultad de Agronomía de la UBA, y a partir de ese momento mi único objetivo fue desarrollar nuevas aplicaciones biotecnológicas susceptibles de ser aplicadas, cada vez, con mayor efectividad.

–En 2010 participa de la clonación del caballo Ñandubay Bicentenario. ¿Cómo fue esa experiencia?

–Un empresario de la industria farmacéutica llamado Marcelo Arguelles, además dedicado a la cría de equinos, se vio interesado por aquella época en la clonación de caballos. En simultáneo, me encontraba entusiasmado por trasladar a otras especies la experiencia de la clonación. Además, había ganado una beca de Conicet para una estudiante interesada en trabajar en estos animales. En efecto, gracias a la confluencia de una multiplicidad de factores, el proyecto pudo salir adelante. Como frutilla del postre, era el año del bicentenario, de modo que unimos biotecnología y tradición, todo en un mismo cóctel.

–Desde aquí, ¿cómo seleccionan los animales con los cuales van a trabajar? ¿Por qué clonan vacas y caballos, y no otras especies?

–La idea es aprovechar la riqueza de cada especie a partir de técnicas científicas confiables. Por ejemplo, pensamos en los animales que nos pueden brindar medicamentos.

–En relación al aprovechamiento de los animales para producir beneficios en la salud humana, ¿es cierto que René Favaloro ya pensaba en la utilización de cerdos con la idea de abastecer el stock de órganos para trasplantes?

–Sí, claro. Hace muchos años, junto a Lino Barañao tuvimos una entrevista con Favaloro, quien demostraba una vitalidad asombrosa pese a los años que tenía y siempre se encontraba muy apurado por ir a trabajar en alguna cirugía. El nos transmitía que, en general, se necesitaban corazones temporarios para mantener con vida a los pacientes mientras estaban siendo intervenidos; de modo que sirvieran, al menos, como rueda de auxilio hasta localizar el corazón perfecto. En este sentido, él pensaba que los órganos de los animales podrían funcionar como una alternativa. Pero el principal obstáculo que había en aquel momento era que las personas rechazaban corazones de animales. En la actualidad, se ha descubierto que si se quita una sola enzima, el órgano podría ser utilizado de forma momentánea. Con las herramientas de edición génica, y especialmente en el cerdo, observo grandes posibilidades de concretar la idea que Favaloro nos transmitió hace tanto tiempo.

Potencialidades, límites y presiones

–Si tuviera que definir qué es la clonación, ¿qué diría?

–Es el proceso mediante el cual se genera una suerte de hermano gemelo diferido en el tiempo, es decir, un ejemplar genéticamente idéntico sin haber sido producido en el marco de la misma gestación.

–¿Y respecto a la transgénesis? Descríbame en qué sentido ha avanzado esta técnica.

–Es una técnica que desde hace mucho tiempo tiene sus frutos. Sin embargo, en la actualidad, lo que se realiza es un método denominado “edición génica”. Si hasta el momento lo que hacíamos era agregar información a un ser vivo a partir de la introducción artificial de un gen que no producía por sus propios medios, lo que hoy en día se privilegia es una metodología que proporciona abordajes de tipo específico. Es decir, tenemos la capacidad de quitar un gen en forma particular; una terapia dirigida y ajustada a las necesidades de cada individuo.

–¿Por qué es importante clonar?

–Nuestro laboratorio ha realizado experimentos con animales muy valiosos, a partir de las técnicas reproductivas, con el propósito de rescatar su genética. Hay sectores, como la industria de los caballos, en que la clonación ha encontrado su nicho y los individuos que allí trabajan se ven muy atraídos por la posibilidad de clonar ejemplares. No obstante, en nuestro caso utilizamos las herramientas de la clonación para hacer investigación.

–Imagino que la posibilidad de salvar a las especies en extinción, tal vez, sea una de las ventajas más bellas que tiene su trabajo…

–Exacto. Tiene que ver con la lucha más grande que, a lo largo de mi vida, he tratado de sostener. Pienso que la clonación para las especies en extinción es absolutamente fabulosa. Muchas veces, la misma gente que se dedica a la conservación de especies rehúsa de la aplicación tecnológica para salvar animales en riesgo de desaparecer. Es una muy buena alternativa que se genera a partir del aprovechamiento del material genético que de otra forma desaparecía.

–Pienso en los argumentos que podrían llegar a esbozar los conservacionistas en rechazo de un método como la clonación. ¿La extinción no tiene que ver con un fenómeno que es natural para los seres vivos en el marco signado por el proceso evolutivo?

–Por supuesto. Ahora bien, nuestras sociedades de consumo cada vez incrementan con mayor agresividad sus ansias de explotación de los recursos naturales. La preservación de especies implica miles de años de evolución. Por ejemplo, los anticuerpos que generan los camélidos sudamericanos –las llamas– podrían ser utilizados con fines terapéuticos en humanos. Incluso desde una mirada antropocéntrica, la preservación de los ambientes junto a sus riquezas naturales es recomendable, en la medida en que todavía restan por descubrir muchísimos misterios guardados en el genoma de cada especie. Además, si nosotros fuéramos invadidos por culturas extraterrestres y éstas estuvieran más avanzadas, no sería ético que arrasaran con nuestras sociedades humanas. Bueno, de un modo similar habría que pensar nuestras formas de actuar respecto a los animales.

Pablo Esteban – Página 12