Parecía “un viaje a Marte”, pero la escuela sustentable es una realidad

La primera escuela sustentable de América Latina ya es una realidad: ayer la empresa Earthship Biotecture, Nevex y la organización Tagma entregaron al Consejo de Educación Inicial y Primaria (CEIP) de ANEP las llaves del local ubicado en Jaureguiberry, que desde el lunes después de Semana Santa comenzará a funcionar con unos 40 niños en clase.

El centro educativo está ubicado a la altura del km 80 de la ruta Interbalnearia y ocupa una superficie de 270 metros cuadrados. Si bien comenzará a funcionar con 40 niños, la directora general de Primaria, Irupé Buzzetti, dijo ayer en la ceremonia que uno de los desafíos es ampliar esa matrícula, ya que el local podría recibir hasta cien alumnos. Los niños de la zona concurren hoy a clase en un local alquilado.

La escuela sustentable se hizo realidad gracias a un proyecto de la organización Tagma, que tomó como modelo de construcción el método desarrollado por el arquitecto estadounidense, Michael Reynolds, fundador de Earthship Biotecture. Su método utiliza materiales de desecho para construir. Nevex financió gran parte de la obra, cuyo costo ascendió a los U$S 300 mil.

Ayer, el coordinador de Tagma, Martín Espósito, recordó que al iniciar el proyecto se veía como algo imposible de concretar: “parecía un viaje a Marte”. “Tenemos que dejar de esperar que lo que esperamos salga del cielo y salir a buscarlo nosotros mismos”, agregó Espósito. Buzzetti, en tanto, se mostró “orgullosa” de que esta iniciativa haya beneficiado a una escuela.

Todo comenzó cuatro años atrás, cuando un grupo de amigos –entre ellos Espósito– vio el documental El guerrero de la basura, que cuenta la historia de Reynolds y su proceso hasta crear el método de construcción sustentable. A partir de allí se plantearon el desafío de regalarle a ANEP una escuela de este tipo.

Durante más de un mes, voluntarios, personal de Tagma, padres, vecinos, niños y hasta el propio Reynolds trabajaron en la construcción. Botellas, neumáticos, maderas y latas son algunos de los materiales que utilizaron.

El principio de Earthship, que significa “nave de la tierra”, es que son construcciones que utilizan los fenómenos naturales para funcionar. “Buscamos resolver seis problemas básicos que cada ciudad y país debe procurar a sus habitantes”, explicó días atrás Reynolds, quien desde hace 45 años trabaja en la aplicación de este método. Esos problemas básicos son el refugio, agua, electricidad, comida, qué hacer con las aguas residuales y con la basura.

En la escuela sustentable la energía eléctrica se generará a través de paneles fotovoltaicos, y el agua será reutilizada cuatro veces antes de ser desechada.

El mecanismo para hacerlo consiste en que el techo del edificio recolecte el agua de lluvia y la traslade a tanques con una capacidad total de 30 mil litros.

Luego de un primer proceso de filtrado y bombeo, esa agua será utilizada por los alumnos en primer lugar para lavarse las manos, luego para regar en el invernadero, después en los inodoros y, tras dos cámaras sépticas, el agua residual terminará su ciclo en un plantero, que tiene un uso similar al de un humedal.

Balneario ecológico

En Jaureguiberry viven alrededor de 500 personas, y su comunidad lleva más de dos décadas pugnando por una escuela propia. Hace cinco años, un grupo de padres gestionó una casa para que los niños pudieran tener clase en ese lugar. De esa forma nació la escuela Nº 294, para 34 alumnos.En paralelo, el equipo de Tagma concurre desde hace años al lugar para trabajar con los pobladores.

El balneario históricamente se relacionó con el entorno y la naturaleza, y hay intención de declararlo balneario ecológico.

El Observador – Fotografía de Leonardo Carreño

 

Una idea sustentable por Juan Pablo Méndez integrante de Tagma

Todo empieza con una idea de una persona. Luego esa idea se comparte y se convierte en algo diferente: un proyecto. El proyecto “Una escuela sustentable” es un proyecto abierto para el que se quiera hacer de él. Primero estuvo Tagma, la organización que se creó para articular el proyecto. Luego estuvieron Michael Reynolds y su método constructivo, las empresas que nos apoyaron, la academia que nos prestó atención, las instituciones públicas que nos fueron dando las autorizaciones y, sobre todo, la comunidad que recibió este proyecto.

A medida que cada actor y cada persona se fue sumando, fuimos avanzando en un proyecto que muta, se adapta, se expande. Pero hay cosas que no se negocian.

Este proyecto no es el sueño de unos pocos implantado como una verdad revelada en ningún lado. Si no impulsamos a quienes deben apropiarse del edificio y la idea a hacerlo, entonces no vale nada. Para eso trabajamos duro, creamos un área comunitaria y educativa dentro de Tagma que se abrazó con los vecinos de Jaureguiberry, las organizaciones locales, los padres y los niños de la escuela. Hoy el proyecto es tanto de ellos como nuestro (dónde terminamos nosotros y dónde empiezan ellos es hoy un dulce misterio). Fueron parte de la idea, de la ejecución y serán los principales responsables de que el edificio cumpla con su cometido.

Este proyecto es en Jaureguiberry porque allí se nos señaló que se necesitaba una escuela, porque allí la comunidad la reclamaba. Podría haber sido en cualquier otro rincón del país. Allí habríamos ido con los estudiantes de todo el mundo que nos ayudaron a levantar el edificio. También con Reynolds, con su equipo y con las decenas de voluntarios que hicieron de este proyecto su proyecto. Fue Jaureguiberry, ojalá mañana pueda ser otro lugar. Queríamos hacer una escuela donde se necesitara una escuela y no en un lugar al azar.

Este proyecto debía ser un aporte a la educación pública. Porque es ahí donde confiamos que los cambios sucedan, y porque mediante el mismo proyecto apostamos a impulsar esos cambios.
Uno puede sentarse en un sillón a hacer conjeturas con cierta intención reflexiva. Puede conversar, en ese sillón, con alguno de los pintorescos y entrañables personajes que han pasado por Jaureguiberry en las últimas semanas. Pero desde allí es difícil distinguir cuánto hay de humo y cuánto de trabajo. Es difícil medir el impacto real de años de trabajo voluntario, de miles de horas de conversaciones y negociaciones y debates. Es imposible sacar la cuenta de cuántas cabezas se fueron a la cama anoche pensando en este proyecto que se hace realidad.
“Una escuela sustentable” es la excusa. Un edificio vivo que no sólo nos desafía a vincularnos de una forma más responsable con el medio que nos rodea, sino que además nos propone el desarrollo de relaciones humanas sustentables. Para eso trabajamos. Y hablo en plural sin saber exactamente a cuántas personas estoy incluyendo, pero con la feliz certeza de que son muchas más de las que podría contar.

La Diaria

 

Dio sus frutos

Ya no es necesario llevar casco para visitar el nuevo local de la escuela Nº 294 de Jaureguiberry. Seis semanas atrás, cuando sí lo era, comenzaron las obras de la promocionada primera escuela autosustentable de América Latina, encabezadas por las organizaciones Earthship, del arquitecto Michael Reynolds, y Tagma, formada en Uruguay por un grupo de jóvenes. En un plazo poco frecuente para este tipo de obras, 100 estudiantes que vinieron desde los cinco continentes a aprender el método autosustentable de construcción de Reynolds trabajaron duro para poner en pie la primera construcción de este tipo que se destina a una escuela. Además, participaron unos 60 voluntarios, que, antes de que comenzara la obra, acondicionaron el terreno y, una vez que finalizó, realizaron trabajos de terminación. En total, se gastaron cerca de 300.000 dólares, y 60% de los materiales utilizados para la construcción fueron reciclados y mayormente recolectados por los vecinos de la zona.

Ayer, representantes de Tagma y de la empresa Nevex, que donó 90% de los materiales para la construcción, convocaron a un acto en el que entregaron formalmente las llaves del edificio al Consejo de Educación Inicial y Primaria (CEIP) de la Administración Nacional de Educación Pública, en el que participaron vecinos, niños y maestras de la escuela, constructores, autoridades de gobierno y personas vinculadas al mundo empresarial. La ovación de la tarde se la llevó Martín Espósito, coordinador de Tagma, que contó que la idea surgió después de ver un documental sobre Reynolds, y que al comienzo parecía “un viaje a la Luna”, ya que el grupo de amigos que comenzó a pensar el proyecto no tenía idea sobre construcción ni sobre trámites burocráticos. Agregó que poder concretar el proyecto significó “dejar de protestar y empezar a proponer”, además de construir “la escuela a la que hubieran querido ir cuando eran niños”.

Espósito se mostró convencido de que se puede “repensar la forma en que somos parte del mundo” y que se debe habitar el planeta “respetando” el aire, la tierra y el agua, y señaló que la clave para el desarrollo está “en la perfección de la naturaleza”. Además, se refirió a la necesidad de la “conexión” entre las personas para lograr sus proyectos y dijo que las comunidades pueden realizar lo que se proponen si se mantienen unidas.

La escuela Nº 294 es de tipo rural, y hasta el momento funcionaba en un local muy chico, que sólo le permitía albergar a 34 estudiantes, por lo que el resto de los niños de la zona debía ir a la escuela de Solís, en Maldonado y del otro lado del peaje. Las clases en el nuevo local, de 270 metros cuadrados, comenzarán el lunes siguiente a la Semana de Turismo. Como desde el CEIP se comprometieron a enviar una maestra de educación inicial, podrán incorporarse otros 16 niños de menos de seis años, que actualmente están en lista de espera para ingresar a la institución.

Sorpresa y media

Alicia Álvarez contó que cuando pidió el cargo de dirección de la escuela de Jaureguiberry para este año no estaba en conocimiento del proyecto que se estaba implementando, por lo que al momento de su arribo lo vivió como una sorpresa. Según explicó a la diaria, trabajar en la escuela presenta un desafío, porque se trata de “una vidriera para el país y para el mundo”, y ahora ella y las dos maestras que estarán en el centro educativo después de Turismo deberán tener las “estrategias” para coordinar proyectos con el currículo de Primaria. Al respecto, agregó que el formato de escuela planteado va a dar otras posibilidades para trabajar los contenidos curriculares, y que los niños “van a vivir” el concepto de sustentabilidad y no será necesario transmitirlo por medio de un libro o un video, lo que es una ventaja, porque “lo que se vive se aprende para siempre”.

Ahora Tagma seguirá apoyando a la escuela tanto en el mantenimiento del edificio, que tiene varias particularidades -como los mecanismos por los que genera su propia agua, energía eléctrica y calefacción-, como en el acompañamiento a niños y docentes en la apropiación del nuevo edificio, que cuenta con 270 metros cuadrados, organizados en tres salones y dos baños, y tiene árboles nativos, un vivero y una huerta orgánica. Del lado de adentro de la pared de vidrio de la escuela ya hay plantadas berenjenas, morrones, papayas, mostazas, frutillas, albahacas, tomates y acelgas.

Francesco Fassina es italiano, se formó en la educación para la sustentabilidad y es uno de los estudiantes de la academia de Reynolds que permanecen en Uruguay y aún no tienen fecha de retorno. Según explicó a la diaria, la escuela ya tenía huerta en el antiguo local, pero ahora su tamaño se triplicó, lo que va a dar más posibilidades de introducir temas del mundo natural, y de la interacción de los seres humanos con él. Por ejemplo, señaló que “se va a poder hablar más de la alimentación, porque se va a producir mucha comida que los niños van a cultivar y comer”, y realizar otras actividades que tienen que ver con “los principios básicos que regulan la vida”, en referencia a los ecosistemas y a las sociedades humanas. Añadió que en la siguiente etapa del proyecto, junto con las maestras, “van a intentar desarrollar actividades para que estos conceptos puedan ser aprendidos desde la experiencia y no se queden en lo teórico”. “Esta escuela da la posibilidad de tocar y de vivirlo”, dijo.

Gonzalo Gagliardi es el presidente de la comisión fomento de la escuela y quien años atrás convocó a la primera reunión de vecinos en la parada de ómnibus que queda frente al actual local para que Jaureguiberry tuviera su propia escuela. Además, participó en la construcción del edificio autosustentable y fue becado, porque se aspira a que sea uno de los actores de la comunidad que puedan mantenerla. Según recordó, cuando comenzó con las gestiones para que se creara una escuela, después de un par de intentos fallidos se instaló la creencia de que eso no iba a ser posible. Gagliardi recuerda que, al crearse el centro educativo años atrás y después de que padres y vecinos se encargaran de las obras, la nombraron la primera escuela comunitaria del país; ahora fue más allá, y se convirtió en autosustentable. Contó que desde hace seis años la escuela trabaja sobre la autogestión, y ahora ese espacio de trabajo también se potenciará.

Por Facundo Franco – La Diaria