Una de las primeras cosas que hace Giovanni Pinzón luego de encender su computador, es abrir una carpeta repleta de fotografías. En una de las muestras se ve un taxi (o una camioneta con un platón desgastado que hace las veces de taxi) repleto de maletas, cajas selladas, colchonetas y bolsas plásticas. En otra, hay tres mulas subiendo una trocha empinada, con el mismo equipaje en sus lomos. La primera, cuenta, fue tomada en Valledupar, Cesar, poco antes de subir a la Sierra Nevada de Santa Marta para tratar de convencer a las autoridades indígenas de que lo dejaran medir el cielo. La segunda fue en Macaravita, un municipio al oriente de Santander. Ese, dice, fue el último viaje de una travesía por Colombia en la que intentó descubrir el mejor sitio para estudiar las estrellas. Era el primero en lanzarse a hacer ese viaje que le tomó, poco más o menos, tres años (de 2013 a 2015) y unos 67 millones de pesos.

Para Pinzón, profesor del Observatorio Astronómico de la U. Nacional, esas imágenes son la mejor prueba de ese intento que califica como quijotesco y que será publicado en marzo en la revista de la Academia Colombiana de Ciencias. Y fue quijotesco porque en Colombia no había datos concretos para saber cuál podría ser el mejor rincón para observar y analizar el cielo, ni había rastros de alguien que hubiese intentado hacerlo. Entonces, para descubrir que una vereda llamada La Bricha, en Macaravita, era el mejor sitio para construir un buen observatorio astronómico, había que arrancar de cero.

Lo primero que hizo Pinzón, junto Danilo González, estudiante de maestría en astronomía, fue identificar los lugares que podrían tener cierto potencial, creando una especie de mapa de nubes de Colombia que esconde unos complejos algoritmos. Luego de cruzar datos e imágenes satelitales con la información que arrojan las estaciones del Ideam, concluyó que entre Venezuela, Colombia y el norte de Ecuador había doce puntos claves. De esos, ocho estaban en nuestro país, aunque sin duda los mejores eran los de Venezuela. Allí, por los lados de las ciudades Timotes y Trujillo, hay muchas más noches despejadas por año (208 para ser exactos) que en este lado. Acá, los mejores son la Sierra Nevada de Santa Marta (con 126 noches), la Serranía del Perijá (111), Chitagá –en N. de Santander–, con 107, y Macaravita y el norte de Boyacá, donde se registran entre 90 y 100.

Pero para tener certeza de qué tan útiles eran, había que viajar a ellos y sentarse horas a medir factores como la nubosidad, el brillo del cielo, la temperatura y la humedad. Y eso fue lo que hizo Pinzón, con el apoyo de Colciencias, el Ideam y la U. Nacional. Claro: había que seleccionar unos pocos y omitir algunos, como el Perijá, porque la violencia y las armas a veces suelen frenar la ciencia. Así que eligió seis que también tenían buenas pistas: el desierto de La Tatacoa, en Huila; Aremasain, un punto a 24 kilómetros de Riohacha, en La Guajira; Murillo, en el Parque de los Nevados en Tolima; Nabusimake, un resguardo indígena en la Sierra Nevada; Villa de Leyva, en Boyacá, y Macaravita, en Santander.

A todos fue cargando dos telescopios del tamaño de un cuerpo humano, una estación meteorológica, dos computadores portátiles y una planta eléctrica con varios galones de gasolina para alimentarla. El primer lugar que visitó fue la Sierra Nevada, con la esperanza de llegar a ese punto clave que le indicaban las imágenes satelitales. Pero, tras dos horas en trocha, la comunidad arhuaca le repitió lo que ya le habían advertido: que ese rincón que buscaban era sagrado y por eso solo podían permitir mediciones en Nabusimake, a unos 35 kilómetros. Quizás, los mamos ya habían oído sobre la historia de los nativos de Hawái, que aún hoy protestan porque en Mauna Kea, una montaña sagrada, se está levantando el telescopio más poderoso del planeta.

Pero tras comprobar que tanto en la Sierra como en los otros lugares había, sobre todo, una humedad altísima (cercana al 80 % y 90 %) que impedía analizar el universo, Pinzón se aferró a la última opción: un sitio llamado El Alto de los Rayos en Macaravita. Sobre él le había hablado Edbertho Leal, colombiano que trabaja en la NASA y no pocas veces ha imaginado ubicar allí algún instrumento astronómico.

Luego de trepar a pie esa montaña, acompañado de tres mulas y dos personas, tras ubicarse en un espacio libre de esa vegetación abultada, se tropezó con una humedad altísima. Todo parecía apuntar a que esa zona de confluencia intertropical llena de nubes en la que está Colombia, recuerda, hacía imposible la ubicación de un buen lugar. Pero desde allí y casi que por casualidad, vio otra montaña más clara: era una vereda de unas 30 personas. ¿Su nombre? La Bricha.

Ahí, a 2.600 metros sobre el nivel del mar, repitió las mediciones de 6 de la tarde a 5 de la mañana, tomó fotos, grabó videos y vio cómo bajaba la humedad hasta 70 %. “Al final concluimos que ese sitio tiene el más alto potencial para ubicar instrumentación astronómica, aunque los resultados no sean 100 % concluyentes, pues no pudimos visitar todos lo lugares”, dice. “Pero sin duda será clave para fortalecer la investigación en Colombia”.

Ahora, la pregunta es si el país podría impulsar un proyecto así. A los ojos de Pinzón, es más que probable. “Instalar un observatorio con un telescopio óptico y una radio antena es posible. Incluso, lanzar uno al espacio en un satélite. Aquí tenemos el músculo científico para ensamblarlo. Su costo bordearía los US$10 millones, más o menos la mitad de lo que vale un helicóptero Black Hawk”. O, en otras palabras: con los US$4 mil millones que se embolataron en Reficar, el país hace rato tendría unos 400 potentes telescopios. O si se quiere, 200 Black Hawk más.

El Espectador