El pasado 14 de noviembre, en la Universidad del Valle de Guatemala (UVG), se presentó Insectos de Guatemala, Guía de identificación, una herramienta de campo para identificar a los insectos del país. La guía fue editada por Jichiro Yoshimoto, Samanta Orellana y Enio Cano.

Hablamos de ella con Cano, licenciado en biología de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) con una maestría en estudios ambientales en la UVG. El biólogo, especializado en entomología, nos cuenta sobre su trayectoria profesional y las razones por las cuales se enamoró de la rica diversidad biológica guatemalteca.

¿Cómo surgió la idea de elaborarla?
Mis colegas y yo notamos una ausencia de material, no solo de campo, sino de educación ambiental, elaborado por científicos. Entonces aplicamos a una grant (subvención) de la fundación japonesa Pronatura, de alrededor de Q35 mil, y la obtuvimos. Entonces empezamos a ver cuánto podíamos hacer con eso. Redujimos páginas hasta llegar a 196, en papel de buena calidad a colores, en un tamaño portátil, que se pudiera llevar en la mochila o incluso en la bolsa del pantalón.

Hablanos de la guía
Nos llevó casi un año hacerla. Tiene muchas figuras, y son atractivas porque en muchos casos son de insectos vivos, no de colecciones de museo. Los colores en los animales vivos son más brillantes. Además, el lenguaje del libro es muy sencillo; cualquier persona puede identificar una especie de insectos con la guía. La puede usar un niño, un estudiante de bachillerato y un especialista. Es una guía de amplio espectro.
Contanos sobre tu rol en la elaboración del libro.

Fui autor tercero de páginas sobre coleópteros, ortópteros y moscas, y editor segundo de toda la obra. Fue un poco duro, corregir pruebas, seleccionar fotos, buscar errores de redacción o clasificación. El principal autor y editor fue el japonés Jichiro Yoshimoto, por ello su nombre aparece primero en los créditos.

¿Hay algún antecedente de esta obra en Guatemala?
No, la guía es única en el país. En otros países hay guías similares, e incluso más especializadas. En Inglaterra, por ejemplo, hay guías de identificación de insectos que viven en los jardines. Y en Japón hay guías de identificación de insectos que viven en árboles podridos, o en hojarasca. Pero en Guatemala es algo novedoso. Para su elaboración revisamos guías de Costa Rica, México, Estados Unidos y Japón.

¿Cómo surgió tu interés en la biología?
Hay que empezar diciendo que yo fui un niño campesino. Cuando tenía cuatro años mi familia se mudó a Taxisco, Santa Rosa, y cultivamos maíz y maicillo. Dos años más tarde falleció mi bisabuela, que vivía en Quiché, y viajamos hasta allá. En ese entonces, Guatemala era distinta. Un viaje así era difícil de hacer, y para mí fue impresionante recorrer todos los microclimas del país, los bosques; me impresionó mucho, marcó mi existencia.

¿Y de esa experiencia de infancia, cómo llegó tu interés en los artrópodos?
No fue sencillo. Tuve la suerte de que cuando entré a la Universidad de San Carlos, en 1983, Mario Dary Rivera ya había fundado la Escuela de Biología, así que me inscribí directo ahí, pero mi interés eran las plantas, los reptiles y un poco las arañas. Pero en quinto año, mi amistad con el licenciado Claudio Méndez me hizo tomar con él un FP (curso de formación profesional, que se escoge libremente en el último año de carrera) y me introdujo en la entomología. Colectamos pasálidos, un tipo de escarabajos, en Purulhá, y me dijo que fuera a la Universidad del Valle con el doctor Jack Schuster para que me ayudara a identificarlos.

Schuster es una autoridad entre los
entomólogos

Efectivamente, y fue afortunado, porque le llevé mis pasálidos, me ayudó a identificarlos y me regaló algunos. Luego yo le regalé otros y me dijo: “Véngase, los viernes en la tarde, estoy dando un curso de pasálidos”, y sin ser alumno de esa universidad llegué a estudiar con él. Compartí con grandes estudiantes como Marco Antonio Centeno, que luego se hizo ornitólogo; Phillipe Hunziker, hoy gerente de la librería Sophos, que aunque no llegó a graduarse hizo grandes investigaciones de botánica, y Erick Smith, que es hoy el director de la colección de insectos de una universidad en Texas. Al final me quedé yo solo en la clase de los viernes, y tomé pasalidología II y III.

Así que sos experto en pasálidos
En realidad, no, sino en otro tipo de escarabajos, los escarabeidos. Cuando estás con una autoridad como el doctor Schuster, solo podés sobrevivir a su sombra. Entonces me acordé de Beethoven, que era alumno de Haydn. Cuando Beethoven le enseñó algo que había escrito, Haydn le dijo: “Qué bonito eso que escribiste, me gusta”. Beethoven pensó: “No tengo que escribir más cosas que le gusten a Haydn, porque eso es anacrónico”. Entonces decidí dejar los pasálidos y me pasé a los escarabeidos. Toda la educación que había tenido antes me permitió entrar a ese nuevo campo y descubrir cosas interesantes. Pero sí, mi primera publicación fue sobre pasálidos, sobre genitales de pasálidos machos, específicamente. Soy especialista en genitales masculinos. (Suelta una carcajada).

¿Cuál es tu experiencia más emocionante de esa época?
Al recién graduarme de biólogo tuve la suerte de que la curadora del doctor Schuster se casara y dejara el trabajo, y él me lo ofreció. Así pasé a ser su asistente. Un día me dio unos pasálidos para que los montara en la colección con alfileres. Al revisarlos me di cuenta de que había un ejemplar que pertenecía a una especie nueva. Se lo indiqué al doctor y me dijo que no, que era una especie ya conocida, por tales y tales características. Le respondí que no, y las razones, y estuvimos discutiendo un rato. Por fin exclamó: “Tiene razón, es una especie nueva. ¿Quiere que la describamos?”. Describir una especie es inscribirla por primera vez en los listados científicos. Yo sentí un gran calor, me puse rojo y me llené de emoción. Le dije que sí, y me encomendó que yo hiciera la descripción y los dibujos, que luego él los iba a revisar. Así fue, y la nueva especie fue publicada en la revista científica Florida Enthomologyst como Retrejoides caralae. Mi nombre apareció en la publicación antes del doctor Schuster. He tenido otras experiencias emocionantes, pero ninguna como esa primera vez.

Y también habrá habido aventuras; no todo será investigación de gabinete
Claro, en los años 90, cuando colectábamos especímenes, a veces recibíamos ayuda de la guerrilla. Estábamos en la montaña y de pronto se aparecían combatientes del EGP y nos ayudaban a conseguir ejemplares de insectos. Eran buenas personas que no nos mostraban mucha hostilidad. En Betel, Petén, nuestras trampas de mariposas (lazos colgados de las ramas) desaparecían, y una vez tuvimos que pedir permiso en el destacamento militar para retirar nuestras trampas de escarabajos, porque habían tratado de derribar un helicóptero militar y los soldados no nos dejaban pasar.

¿Y aventuras en tiempos de paz has tenido?
Alrededor de 2003 tuve un proyecto de entomología forense. Pretendía estudiar el crecimiento de las moscas en sus distintos estadios dentro de un cadáver, para ayudar a los forenses a saber cuánto tiempo llevaba fallecida una víctima según los insectos que se encontraran en ella. Yo vivía entonces en Pinares del Norte, y en los residenciales había un bosquecito. Tras pedir permiso a la empresa inmobiliaria, puse un cerdo muerto en el bosquecito, y todos los días iba con mi hijo, de unos seis años entonces, a recolectar insectos al cadáver del cerdo, que había cubierto con una reja para evitar depredadores. Pronto supe que los vecinos de la comunidad cercana rumoreaban que un hombre y un niño iban a la montañita a hacer brujerías con un cerdo muerto, que le ponían fotos y cabezas de ajo, y que el hombre (los vecinos nunca me identificaron, afortunadamente) hacía al niño saltar siete veces sobre el cerdo. Un día llegamos y encontramos que los pobladores le habían prendido fuego a mi experimento.

¿Aprendiste algo de esa experiencia?
Aparte del poder de la superstición de la gente, mi error metodológico fue no trabajar con la comunidad, no informarles qué estaba haciendo. Hay que trabajar del lado de la gente, no ignorarla.

¿Qué toca ahora para el futuro?
Estamos pensando ya en una segunda edición de la guía, que se está haciendo urgente. Hay errores de redacción, teclazos que se fueron, y una especie de insecto que está mal identificada. Un sciarido que fue identificado como cecidomyiidae. El libro se vende a un precio accesible y esos ingresos nos van a servir para la segunda edición. También vendrán seguramente guías similares para otros taxones, como mamíferos o anfibios, por ejemplo.

El libro
Insectos de Guatemala, Guía de identificación, de Jichiro Yoshimoto, Samanta Orellana y Enio Cano, puede adquirirse en el Museo de Historia Natural de la Universidad de San Carlos de Guatemala (calle Mariscal Cruz, 1-56 zona 10), en el Laboratorio de Entomología Aplicada de la UVG, y en la Escuela de Biología de la Usac. Su costo es de Q100.

Siglo 21