Instalado en la localidad de Malargüe, Mendoza, el Observatorio Pierre Auger es el centro de estudios internacionales sobre la caída de rayos cósmicos al planeta. Representantes de 16 países firmaron la extensión del financiamiento por diez años.

En el Observatorio Pierre Auger ubicado en Malargüe, Mendoza, los representantes de los 16 países miembros de este proyecto científico firmaron un acuerdo para asegurar financiamiento y extender por diez años el estudio de las mayores energías conocidas del universo: los rayos cósmicos. En el mundo científico sólo una cosa se valora más que la inauguración de un proyecto, y es conseguir que un proyecto tenga continuidad en el tiempo, clave para seguir cosechando logros.

En lo que fue un encuentro científico que reunió a más de cien investigadores de Alemania, Estados Unidos, Francia, Italia, Brasil, España, Australia, Eslovenia, Holanda, México, Polonia, y Portugal, entre otros, el Estado argentino se comprometió también a financiar una nueva etapa en este megaexperimento, a través de la Comisión Nacional de Energía Atómica –que apoya desde el principio– y el Ministerio de Ciencia y Tecnología Nacional –que se ha sumado recientemente–.

El Observatorio Pierre Auger es la mayor área experimental del mundo, cubierta por un proyecto científico. Se extiende sobre 3000 kilómetros cuadrados, el equivalente a multiplicar 15 veces la superficie de la ciudad de Buenos Aires. Fue iniciado en 1998 y que desde entonces ha logrado resultados de alto impacto en el campo de conocimiento nuevo: la astronomía de partículas. Más de 500 científicos y técnicos de 16 países trabajan en los laboratorios ubicados en esta localidad mendocina para “captar” y entender las partículas ultra energéticas que llegan desde el cosmos, desentrañar sus misterios y su origen. Este proyecto nació para buscar determinar la naturaleza y el origen de los rayos cósmicos de altas energías.

Los rayos cósmicos no son otra cosa que partículas veloces que llegan a la Tierra desde el espacio exterior. Los rayos estudiados en Pierre Auger, son protones y núcleos atómicos pesados que inciden sobre la atmósfera terrestre a velocidades cercanas a la de la luz. Llegados a la atmósfera, después de viajar distancias astronómicas, esos núcleos chocan con las moléculas de la atmósfera y producen una cascada de miles de millones de partículas secundarias que llueven sobre la superficie de la Tierra. Los detectores malargüinos, unas 1600 piletas plásticas llenas de agua de máxima pureza, están allí para intentar registrar el paso de esas partículas secundarias.

Pero, contrariamente a lo que pudiera pensarse, la detección de rayos cósmicos es un evento más bien infrecuente, solo una vez cada cien años por kilómetro cuadrado, por eso para pescarlos hacen falta grandes superficies, agarrarlos en el momento justo y, si es posible, retenerlos, ver sus efectos secundarios, analizarlos y extraer conclusiones.

El ministro de Ciencia Lino Barañao destacó: “Como seres humanos nos interesa saber de qué está hecho el universo, pero también sabemos del valor simbólico de los proyectos de colaboración científica, dado que entendemos que la ciencia abre caminos en el mundo de hoy para superar conflictos o diferencias étnicas o religiosas”, subrayó.

“Lo fascinante de esta aventura científica es que para avanzar tenemos que inventar nuestros propios dispositivos, desarrollar con ingenio tecnologías que son completamente innovadoras. Esa audacia y capacidad de nuestros científicos es muy valorada por la comunidad internacional” destacó a Página/12 la investigadora Beatriz García, vicedirectora del Instituto de Tecnologías en Detección y Astropartículas (Iteda Conicet CNEA Unsam).

Durante estos años los científicos de la CNEA y los ingenieros de la sede mendocina de la Universidad Tecnológica Nacional han diseñado construido y operado la planta para generar dispositivos clave de los 1600 detectores de superficie. Científicos y técnicos del Conicet que trabajan en la CNEA, han desempeñado también roles importantes de cara a esta segunda etapa. En particular, propusieron las ideas para el nuevo sistema de detectores centelladores de superficie. También llevaron adelante el diseño, ingeniería conceptual y de detalle, y construcción, de los detectores enterrados de muones del nuevo proyecto Amiga (Auger Muons and Infill for the Ground Array).

–Cuáles son los interrogantes que buscan responder en estos próximos diez años? –preguntó Página/12 al físico Alberto Etchegoyen, director del Observatorio Pierre Auger.

–Nuestro trabajo ha traído luz respecto al origen y naturaleza de las energías más altas de la naturaleza, energías mucho más allá de las alcanzadas por el hombre con sus aceleradores en la Tierra como la “Máquina de Dios”, el acelerador del CERN de Francia. Pero quedan todavía interrogantes fundamentales por responder. ¿Cuál es la fuerza nuclear involucrada en las violentas colisiones de los rayos cósmicos con la atmósfera? ¿Cómo pueden acelerarse partículas a tan altas energías? ¿Hay una física nueva y desconocida que gobierna este fenómeno? Avanzar en el conocimiento de los rayos cósmicos está abriendo interrogantes nuevos e inesperados, como suele suceder en la ciencia de frontera.

–Además de la tarea propiamente científica este proyecto ha sido un experimento de cooperación…

–Sí, creo que ha redefinido el término ‘aventura científica’, y ha establecido un nuevo estándar para cooperaciones multi-nacionales y de entrenamiento en investigación. A partir de trabajos realizados en Pierre Auger, más de 250 jóvenes investigadores de distintos países han completado su doctorado, de los cuales 40 son argentinos.

–¿Que cambios observa en torno del Observatorio aquí en Malargüe?

–Muchos cambios, la actividad científica y la radicación de cada vez más proyectos cambió la fisonomía de Malargüe. Ya había, muy cerca, cavernas donde aventurarse en la espeleología, hay también interesantes sitios arqueológicos, pero con la instalación del Observatorio, el municipio ha montado un Planetario digital único en el país, y luego la antena de espacio profundo de la Agencia Espacial Europea (ESA) recientemente instalada para recibir datos de las misiones a Marte, han hecho de esta ciudad un destino de turismo científico.

Página 12


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