Especialistas del Hospital Garrahan, junto a colegas de la UBA y el INTA, desarrollaron un dispositivo de asistencia cardíaca para niños. Es el primero que se fabrica en la Argentina y mejora las posibilidades de los pacientes durante la espera por un trasplante.

Cuando una persona precisa el trasplante de un órgano para seguir viviendo, el paso del tiempo se transforma en el peor enemigo. A la angustia de no saber cuándo llegará se suma el deterioro progresivo de las condiciones fisiológicas del paciente que espera. Por eso, es vital mejorar las posibilidades del paciente durante ese período de transición.

Los especialistas del Servicio de Trasplante Cardíaco del Hospital de Pediatría Garrahan se han hecho esa pregunta desde que realizaron el primer trasplante de corazón, en el año 2000. Con la idea de poder extender el tiempo de espera, en el año 2006 consiguieron los recursos para importar un dispositivo de asistencia cardíaca mecánica, también conocido como corazón artificial. Pero, como se trata de una tecnología costosa y esto reduce las posibilidades de disponer del dispositivo todas las veces que sea necesario, decidieron trabajar en el desarrollo de un corazón artificial de producción local.

“Hay poca donación de órganos para pacientes pequeños. Por eso decidimos incorporar un sistema de asistencia ventricular para mantener lo que genéricamente se llama el puente al trasplante. Nosotros creemos que, en realidad, es un puente a la vida”, dijo a TSS el subjefe del Servicio de Trasplante Cardíaco del Garrahan, Gerardo Naiman.

De esta manera, junto con investigadores de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), el Garrahan comenzó a trabajar en la fabricación del dispositivo. Actualmente, ya cuentan con el primer prototipo, que fue presentado en el concurso Innovar 2015, del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación (MINCYT). El desarrollo ganó el primer premio en la categoría Equipamiento Médico, que consistió en 30.000 pesos como incentivo para continuar la investigación. “Nuestra intención última al presentarnos en el concurso es tratar de transmitirle a la gente la importancia de donar órganos, porque es la única manera de salvar a los que tienen la necesidad de un trasplante”, advierte Naiman.

Los otros integrantes del proyecto son investigadores del área de electrónica de la Facultad de Ingeniería de la UBA, quienes están a cargo del desarrollo del software que comanda el funcionamiento del corazón artificial, y especialistas del Grupo de Fisiología Animal del Instituto de Patobiología del INTA Castelar, en cuyas instalaciones se realizó la primera prueba en un ternero, con resultados alentadores.

El dispositivo importado que los médicos utilizan desde 2006 es fabricado por la compañía alemana Berlin Heart y cuesta entre 200.000 y 300.000 dólares. La principal diferencia con respecto al que desarrollaron los investigadores argentinos es que el primero está hecho con materiales sintéticos y, para el nacional, los especialistas pretenden incorporar elementos biológicos. “Cuando se pone en contacto la sangre de un paciente con materiales sintéticos, tenemos la necesidad de anticoagularla para evitar la formación de trombos. Por eso, queremos tratar de revestir las válvulas con algún material biológico, con el objetivo de disminuir la necesidad de anticoagulación”, indica el médico.

Asistencia mecánica

El corazón artificial desarrollado por los investigadores argentinos se compone de tres elementos clave: la bomba sanguínea, las cánulas de implante y la unidad de control electroneumática. La primera, como su nombre lo indica, imita la función del corazón y tiene el tamaño de una pelotita de tenis. Como no hay espacio suficiente dentro del tórax de un niño, se coloca por fuera. Consta de dos cámaras: la cámara neumática recibe el aire impulsado por la unidad de control, de manera de generar un “vacío aspirativo” en la otra cámara, llamada sanguínea. Cuando se produce ese vacío, la sangre es aspirada y luego expulsada hacia el organismo.

Las cánulas hacen las veces de arterias y son las encargadas de conectar la bomba con el corazón y el resto del organismo. Finalmente, la unidad de control electroneumática se basa en el software controlador del órgano artificial. Su función es producir el impulso que genere cierto volumen de flujo sanguíneo a determinada presión, de manera de cumplir con la asistencia que el paciente necesita. Este programa se maneja desde una consola de control conectada al paciente a través de las cánulas, que consta de ruedas para que la persona pueda movilizarse fácilmente dentro del ámbito hospitalario.

Naiman explica: “El sistema se basa en una unidad central con compresores que, a través de las cánulas, transmite un impulso hidráulico de presión y de aspiración a la bomba, compuesta por una membrana o diafragma que la moviliza. Cuando moviliza la membrana hacia un lado, aspira la sangre a través de la cánula conectada con el corazón. Y cuando la mueve hacia el otro, genera una presión en la cámara sanguínea que expulsa la sangre hacia otra cánula, conectada con la arteria aorta. Así, mantiene la asistencia circulatoria al paciente de manera constante”.

El médico aclara que los niños que llegan a la instancia de necesitar un dispositivo de asistencia son, en promedio, unos cuatro o cinco por año, y se trata de aquellos que padecen de una insuficiencia cardíaca terminal, cuya única alternativa es el trasplante. Esta insuficiencia puede originarse en cardiopatías congénitas o en miocardiopatías. “La gran mayoría son pacientes que tienen una enfermedad que les provoca debilidad en el mecanismo de contracción del músculo cardíaco. Esta enfermedad se llama miocardiopatía dilatada y es la más frecuente, pero hay otros tipos. A su vez, están aquellos que ya han recibido cirugía por tener una cardiopatía congénita, pero que, a la larga, pueden padecer fallas en el corazón operado y ser candidatos también para un trasplante”, señala.

Desde el año 2000, el Hospital Garrahan ha llevado a cabo 47 trasplantes de corazón y es la única institución pública pediátrica que los realiza en la Argentina. De esos 47 pacientes, 28 requirieron la asistencia mecánica para llegar con vida y en condiciones estables al trasplante. “Cuando iniciamos la experiencia, la idea era poder usar estos equipos durante un par de meses, pero, como no llegaban los órganos, hemos tenido pacientes que los han tenido por mucho tiempo. Actualmente, tenemos internada a una niña de seis años que tiene uno colocado hace casi dos”, dice Naiman.

Un aspecto crucial a la hora de hallar un corazón compatible para un paciente es que el grupo sanguíneo debe ser el mismo. “Ese es un principio básico, aunque algunas veces hemos tenido que tomar el riesgo de colocar un órgano de un grupo sanguíneo distinto, porque el paciente se nos moría y era el único que teníamos a disposición. Pero, para poder hacer eso, lo ideal es que se trate de un niño muy pequeño, que no tenga completamente desarrollado el sistema inmunológico, para que no rechace el órgano de forma inmediata. En los adultos es imposible hacer eso. También hay otras limitaciones, que tienen que ver con aspectos infectológicos o de enfermedades que tenga el donante”, cuenta el médico.

Finalmente, Naiman aclara que aún están en la etapa inicial del desarrollo y que, una vez terminados algunos ajustes a partir de la primera prueba realizada en el INTA, el próximo objetivo es probarlo en cuatro animales más. “Una vez que hagamos eso, vamos a iniciar un protocolo que va a requerir la operación de 20 animales, para poder calificar como un elemento que eventualmente pueda usarse en humanos, después de obtener las autorizaciones correspondientes”, explica.

Nadia Luna

TSS


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