Ingenieros de la UBA diseñan sistemas de recolección de agua y junto a un grupo multidisciplinario de voluntarios facilitan el acceso a este recurso a comunidades de Formosa y Santiago del Estero.

Si bien los dos últimos censos realizados en la Argentina (en 2001 y en 2010) reflejaron un aumento en el acceso al agua potable, todavía existen alrededor de siete millones de personas (17 % de la población total) que no acceden a este recurso vital. Y si se considera solo a quienes reciben agua potable de la red pública dentro de sus viviendas, esa cifra aumenta al 25 % de la población. La distancia es una de las cuestiones que dificultan el acceso, por lo que muchas personas deben caminar durante horas para obtenerla. En otros casos, el agua está cerca pero contaminada con bacterias, arsénico o tiene alto contenido de sal.

En busca de atender a estas necesidades, durante los últimos años proliferaron proyectos científicos y tecnológicos que buscan facilitar el acceso al agua potable. Desde detectores de arsénico con nanopartículas, hasta el desarrollo de molinos de viento para obtener agua de pozo y la generación de reacciones químicas para eliminar la contaminación de cursos de agua, han sido muchos los intentos por intentar resolver esta problemática.

El proyecto UBANEX bautizado Agua de Esperanza, que surgió por iniciativa de estudiantes de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires (FIUBA), trabaja sobre un sistema de recolección de agua potable en La Esperanza, una comunidad pilagá ubicada al noroeste de Formosa, a 350 kilómetros de la capital de esa provincia y a solo 35 kilómetros de la frontera con Paraguay.

“Dos estudiantes necesitaban realizar su trabajo final para la carrera de Ingeniería Mecánica y querían sacar agua con una celda fotoeléctrica y una bomba; se enteraron de que con UBANEX podían financiar ese proyecto y me convocaron como docente responsable”, recuerda Eduardo Álvarez, director del Departamento de Ingeniería Mecánica de la FIUBA. Y agrega: “El proyecto ganó el financiamiento pero era muy difícil de concretar por la distancia”.

Aun así, se formó un grupo de alrededor de 30 voluntarios de distintas disciplinas y de la organización no gubernamental S.O.S. Aborígenes, que entre 2013 y 2015 lograron implementar un sistema de recolección de agua de lluvia para abastecer al centenar de pobladores de La Esperanza.

Antes de esta construcción, los miembros de esta comunidad obtenían el agua principalmente de una laguna artificial ubicada a la intemperie, a 400 metros de las viviendas, en la cual se concentra agua de lluvia que no se potabiliza y, por eso, presenta cantidades significativas de bacterias. Además de poner en riesgo la salud de estos habitantes, la escasez de este recurso les impedía desarrollar actividades económicas como cultivar o criar animales de granja.

“La Municipalidad les lleva agua que ponen en uno o dos aljibes y les da cloro contra las bacterias, pero no lo usan porque no les gusta el sabor y toman el agua que se decanta”, agrega Álvarez y aclara que, si bien a pesar de eso no tienen graves problemas de salud, están tratando de hacer que los pobladores se acostumbren a usarlo, para que consuman agua segura de acuerdo a las indicaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que además recomienda que las personas tengan acceso a 20 litros de agua por día y de fuentes ubicadas a no más de un kilómetro de distancia con respecto a la vivienda.

El tanque de La Esperanza

Tras analizar las condiciones particulares del territorio, donde la tierra arcillosa se resquebraja cuando el sol calienta el ambiente a más de 40 grados y se vuelve muy resbaladiza cuando llueve, surgieron varias ideas para obtener agua potable.

Una de ellas consistía en hacer un estanque con membrana geotextil, que impidiera que el agua estuviera en contacto con la tierra. La ventaja de esta solución era la gran cantidad de agua que permitiría recolectar. Las desventajas: que el agua permanecería a la intemperie, expuesta a la contaminación y que además el proceso de construcción resultaría complejo.

Otra idea que tuvieron fue colocar canaletas y tanques en todas las casas, pero tras calcular el costo de esta implementación y la cantidad de agua que recolectarían, concluyeron que la inversión tampoco se justificaba. “Entonces, se nos ocurrió hacer una pileta techada, de manera que el agua se juntara por la propia superficie de la pileta y no se contaminara tanto”, detalla Álvarez y agrega que decidieron construirla al lado de la iglesia evangélica de la comunidad, a la que además le agregaron canaletas para recolectar más cantidad de agua.

“Así logramos recolectar agua de los 72 metros cuadrados del tanque –de cinco metros de ancho por 12 metros de largo por 1,5 metros de profundidad– y de los 78 metros cuadrados de la iglesia. Estimamos que con las lluvias de un año se pueden recolectar entre 75.000 y 80.000 litros de agua”, puntualiza Álvarez y detalla que para disminuir la contaminación y evitar que los animales accedan al agua diseñaron una canaleta en el mismo tanque con una forma especial.

“El agua decanta y no pasan las impurezas del tanque, pero hay que limpiar la canaleta regularmente, y si los pobladores quisieran matar las bacterias que se van a ajuntar con el tiempo tendrán que usar cloro, por eso estamos pensando en sumar algún filtro especial”, explica Álvarez. Si bien reconoce que esta implementación ayuda, aún no se logra recolectar la cantidad de agua sugerida por la OMS: “Para eso se necesitan dos o tres tanques más similares al que construimos”, aclara.

Mientras estaban construyendo el tanque, a través de Gendarmería –que colaboró con los voluntarios– fueron contactados por dos escuelas, esta vez en Santiago del Estero, donde también tienen dificultades para acceder al agua. Por eso, el grupo presentó y obtuvo otro UBANEX, a través del cual ya están pensando cómo solucionarán el problema de acceso al agua en esas dos instituciones.

“En una, posiblemente hagamos lo mismo que en La Esperanza, pero en la otra todavía tenemos que pensarlo”, afirma Álvarez y comenta que entre ambas escuelas rurales, la N.° 609 y la N.° 108, suman 170 personas que necesitan ser abastecidas. En una de ellas hoy toman agua de una acequia cercana que viene de un canal, y en la otra –que es muy pequeña y donde viven apenas una decena de personas– dependen exclusivamente del agua que les lleva la Municipalidad regularmente, que conservan en un aljibe.

TSS


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