El Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva fue creado en diciembre de 2007 por la presidenta Cristina Fernández y se destaca, a nivel regional, por ser el primero en Latinoamérica que contempló a la innovación productiva bajo la misma esfera que a la ciencia y la tecnología. La distinción no representa sólo un asunto nominal, pues todas las políticas públicas que se planifican y se ejecutan desde la cartera articulan los tres campos con la intención de fortalecer un nuevo modelo productivo que genere mayor inclusión social y mejore la competitividad de la economía argentina, bajo el paradigma del conocimiento como eje del desarrollo.

En diálogo con Página/12,el ministro Lino Barañao opina sobre la importancia de articular relaciones tanto en el ámbito nacional así como también a nivel regional e internacional; describe su interés en robustecer las empresas de base tecnológica para potenciar la creatividad juvenil y generar pleno empleo, y señala los nuevos desafíos que debe afrontar el sistema científico nacional para resolver dos nudos históricos fundamentales como son la federalización y la divulgación.

–Leí que usted define al Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva como un “ministerio de servicios”. ¿A qué se refiere?

–Lo veo de ese modo porque lo que nosotros hacemos se transmite de manera mediatizada, excepto la divulgación. Es decir que el área aporta herramientas e instrumentos para que otras carteras (como Salud, Industria, Planificación, etc.) trabajen de manera más efectiva y realicen sus actividades con un mayor nivel de complejidad.

–Existen países en Latinoamérica que sin tener un Ministerio especializado en el área, como en el caso de Chile, logran desarrollar proyectos importantes con investigaciones de calidad. ¿Cuál es la ventaja con que cuenta Argentina?

–Justamente hace un tiempo estuve en Chile y compartí la experiencia que supone tener un Ministerio especializado en Ciencia y Tecnología: la presidenta Michelle Bachelet tiene la iniciativa de crear uno. Tener un ministerio permite combinar aquellos componentes que son esenciales para que el conocimiento tenga un impacto económicosocial; me refiero al campo de la investigación y al sector empresarial. La academia recibe fondos y produce conocimiento, pero necesita de empresas –ya sean públicas, privadas o mixtas– que aprovechen ese cuerpo de saberes generados y que lo conviertan en productos útiles a la realidad concreta de las personas. Actores capaces de generar, por ejemplo, medicamentos y software, y comercializarlos en el mercado. En contraposición, si un país tiene por un lado una Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Conicyt), y por otro lado, una Corporación de Fomento de la Producción (Corfo), el sendero se hace mucho más difícil de transitar. Se necesita aceitar la articulación.

–¿Cómo describiría la articulación entre los actores públicos y los privados en el ámbito científico? El sector privado tan sólo aporta el 25 por ciento en el área…

–Sí, es cierto. No obstante, eso no implica que los empresarios argentinos sean amarretes, sino que, al momento, nuestro país tiene menos empresas que dependen de la innovación para subsistir. Las empresas de software en Argentina invierten en proporción lo mismo que cualquiera en Estados Unidos. Estoy seguro de que en la medida en que el sector de la innovación crezca y consolide diversos espacios, la inversión privada equiparará a la pública.

–¿Y qué puede señalar respecto a la coordinación de actividades y proyectos entre las instituciones que conforman el sistema científico nacional?

–Hemos creado una Secretaría de Articulación científico-tecnológica. Desde aquí, organizamos reuniones con el objetivo de vincular áreas clave para el desarrollo científico y optimizar el empleo de los recursos existentes para mejorar la eficacia entre los programas y proyectos de las instituciones. Por otra parte, un punto clave que dinamiza el sistema es el diseño de proyectos que comprometen la participación de varios actores en simultáneo. Desde esta perspectiva, acciones como el Plan Argentina Innovadora 2020 es ilustrativo al respecto. De todas maneras no hace falta tener a todos los organismos bajo el mismo paraguas sino que lo importante es proponer desafíos que generen consensos importantes, como sucedió en Pampa Azul.

–La puesta en marcha de un megaproyecto que involucra a siete ministerios…

–Exacto. Pampa Azul es una iniciativa estratégica de investigaciones científicas en el Mar Argentino que incluye actividades de exploración y conservación; de innovación tecnológica para los sectores productivos vinculados al mar; y de divulgación científica dirigida al público en general. Por primera vez siete ministerios están comprometidos en un mismo proyecto. Gracias a esta cohesión, se sancionó en el Congreso la ley para crear Promar (julio 2015), instrumento orientado al financiamiento que fija un piso de 250 millones de pesos. Es un desafío enorme que, además, integra a todo el Poder Ejecutivo y cuenta con el aval del Poder Legislativo.

–Entendí la articulación a nivel ministerial y, luego, el vínculo en relación a otras carteras. ¿Cómo describiría el robustecimiento de los lazos a nivel regional?

–Nuestra propuesta es que Argentina sea el nexo entre Latinoamérica y la Unión Europea en el ámbito científico y tecnológico. Nuestro país cuenta con una prestigiosa sede del Max Planck, participa de los desarrollos del CERN (European Organization for Nuclear Research) y sus avances ligados al campo de la física de partículas, forma parte del Laboratorio Europeo de Biología Molecular (EMBL), el único país en la región, y abre sus puertas para que los estudiantes latinoamericanos realicen cursos interdisciplinarios a partir del desarrollo del Centro Latinoamericano de Formación Interdisciplinaria (Celfi). El objetivo es que comiencen a tejerse redes de estudios latinoamericanos porque contamos con capacidades suficientes para formar profesionales que resuelvan problemas locales con enfoque regional.

–¿Podría brindar algún ejemplo que ilustre el fortalecimiento? Sé que con Brasil el vínculo es muy bueno…

–Con Brasil tenemos un vínculo muy importante gracias a la interacción entre los investigadores así como también por la consolidación de centros como el Cabnn (Centro Argentino-Brasileño de Nanociencias y Nanotecnologías). De hecho, hace unos años la revista Nature realizó un estudio de relevamiento acerca de la cooperación internacional y, en efecto, indicó que nuestro país y Brasil se vinculaban más y mejor que los países nórdicos (como Estados Unidos y Canadá) entre sí. Por otra parte, con Chile hemos avanzado en la planificación de proyectos vinculados al Mar Austral y en la construcción del laboratorio subterráneo para estudiar energía y materia oscura.

Acceso y participación

–¿Cuáles cree que son los principales desafíos que deberá enfrentar el Ministerio en el futuro?

–Lo que me preocupa es que no se está financiando ciencia de alto riesgo. Siempre la humanidad creyó que lo sabía todo. En el año 1896 querían cerrar la oficina de patentes de Estados Unidos porque pensaban que ya no había más nada para inventar. Como rezaba la famosa frase de una física norteamericana: “El mayor obstáculo para el progreso de la ciencia no es la ignorancia sino la ilusión de conocimiento”. Por eso es tan importante detectar preguntas novedosas. Los países que mejor calidad de vida presentan no tienen recursos naturales sino cerebros que funcionan de una manera coordinada. Hoy la materia gris es una riqueza invaluable. No sólo debemos aumentar el PBI per cápita sino que necesitamos que lo obtenido se distribuya mejor, que crezca el nivel de equidad alcanzado. Mejorar las condiciones de acceso y participación.

–Desde este lugar, ¿qué acciones se llevan a cabo desde su cartera para revertir el centralismo del sistema científico y tecnológico?

–La federalización es un punto en el que debemos redoblar esfuerzos para conseguir mejores resultados. Muchas provincias ya elevaron a rango de Ministerio el área de Ciencia y Tecnología. Por otra parte, pienso que es clave el desarrollo de las economías regionales a partir de la promoción de las innovaciones. Existen problemas que no se circunscriben al ámbito provincial, resulta vital pensar desde un enfoque más abarcativo.

–¿Y esto qué implica?

–Tenemos que estructurar cadenas productivas que tengan masa crítica. Como menciona nuestra presidenta, “necesitamos industrializar la ruralidad” mediante la generación de empleos de calidad y la incorporación de tecnologías. Hemos hecho un trabajo muy importante con la organización de talleres de bioeconomía –un tercio de la economía mundial pasa por la biotecnología– en los que se trata de potenciar las particularidades de cada región.

–Por último, ¿qué lugar ocupa la divulgación?

–Como dije, es el único producto que llega directamente al ciudadano. En el área divulgativa, hemos impulsado varias iniciativas como el Centro Cultural de la Ciencia que tendrá un museo llamado “Lugar a dudas”, cuyo curador será el doctor Diego Golombek; la Feria Tecnópolis en la que participamos con más de 20 stands y, luego, el lanzamiento de nuestro propio canal Tectv.

–¿Un canal de televisión? ¡Qué novedoso!

–Tan novedoso que es el único Ministerio de Ciencia a nivel mundial con un canal de televisión propio. Nuestra idea es legitimar, mediante este tipo de propuestas, los enormes esfuerzos de divulgación que realizan nuestros investigadores y periodistas.

–¿Y los papers?

–Son necesarios, por supuesto. Sin embargo, pienso que tienen mucho más impacto este tipo de iniciativas a las que puede acceder un mayor número de personas que la pequeña cantidad que lee papers. Para nosotros la divulgación es tan importante como la investigación de calidad que promovemos.

 

Innovación e inclusión

–En Latinoamérica, Argentina creó el primer Ministerio de Ciencia que contempló a la innovación productiva como eje asociado. ¿Cuál es el vínculo entre la innovación y la inclusión?

–Lo primero que hay que saber es que no cualquier innovación promueve inclusión. Por ejemplo, es posible innovar mediante la creación de un robot que desplace a cinco personas en una fábrica y no genere ninguna condición de acceso ni de participación extra. Según un estudio, en los próximos 20 años la mitad de las tareas que conocemos serán automatizadas.

–Eso representa un problema…

–Sí, claro, pero también un desafío. Tendremos que empezar a educar a los niños para que estén aptos, en un futuro, para realizar tareas que les garanticen que no serán desplazados por la irrupción de computadoras. Me refiero a la promoción y expansión de trabajos creativos como puede ser el periodismo, el diseño, etc. Las innovaciones, desde esta perspectiva, generan puestos de trabajo de calidad.

–¿Por ejemplo?

–Puedo mencionar la cooperativa Payun Matrú ubicada en Malargüe, Mendoza. A través del trabajo de dos investigadores de Conicet, Pablo Carmanchahi y Gabriela Lichtenstein, se realizó un proyecto con las comunidades para montar una hilandería que promueve el cuidado del medioambiente y se dedica a la producción de fibra de guanaco para el comercio. A eso me refiero con innovación inclusiva: a la creación de fuentes de trabajo concretas mediante el aprovechamiento planificado de las riquezas de cada región.

–¿Existen instituciones en Argentina que formen a los estudiantes de ese modo?

–Pienso que depende mucho de las carreras y de la formación escogida. No se le puede solicitar el mismo nivel de creatividad a un abogado que a un diseñador gráfico, simplemente porque sus trabajos son distintos. De cualquier manera, no se necesita que todo el mundo sea creativo. Un ejemplo que siempre me interesa recuperar es el del joven que creó la aplicación Preguntados. Puede que el reconocimiento se lo lleve él, sin embargo, lo más interesante es que a través de la innovación cuenta con la posibilidad de formar una empresa que necesitará de contadores, abogados, programadores para el trabajo de rutina, diseñadores, etc. Como bien señalaba un colega, tenemos que pasar del “Hecho en Argentina” al “Pensado en Argentina”.

–Con la proliferación de nuevas universidades, hay quienes plantean que se resiente la calidad y el nivel educativo cuando se promueve la inclusión. ¿Qué responde a eso?

–Las nuevas universidades solucionan varios problemas. El primero es tan obvio como fundamental: agiliza la movilidad. Si un estudiante trabaja no puede destinar la mitad de su tiempo libre viajando para ir a cursar. Por otro lado, la perspectiva que tienen estas instituciones se corresponde mejor con la nueva visión de país que pienso que se debe consolidar, es decir, resolver problemáticas específicas y puntuales, que respondan a necesidades locales. Por ejemplo, la Universidad de La Matanza es la que tiene la mejor tasa de graduación de las instituciones públicas y los estudiantes provienen de familias que, en muchos casos, no han culminado sus estudios secundarios. Si uno visita el campus de la UNLaM, observará muchas similitudes con algunos de los que existen en Estados Unidos. Las grandes universidades tienen una inercia al cambio muy grande y eso es evidente, aunque tal vez continúen siendo los espacios educativos de excelencia.

 

Ciencia y gestión

Lino Barañao nació en 1953 con un motor incorporado en su cuerpo: la curiosidad. Desde pequeño exhibió una voracidad enciclopédica que se palpaba en su profundo interés por saber todo acerca de todo. Sin perder tiempo, a los 16 años terminó sus estudios en el Colegio Nacional N°3 Mariano Acosta y dos años más tarde ya se desempeñaba como docente ad honorem en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Allí se recibió de licenciado en Ciencias Químicas y obtuvo el premio al mejor egresado de la Asociación Química Argentina. Por aquella época, comenzó a realizar sus investigaciones en el Instituto de Biología y Medicina Experimental y preparó su tesis bajo la dirección de Eduardo Charreau. Así fue como Barañao pasó de licenciado a doctor a partir de su trabajo “Regulación periférica del mecanismo de acción androgénica”, presentado en 1981. Luego viajó a Estados Unidos, al Instituto Nacional de Salud (NIH, por sus siglas en inglés), y a Alemania, al Instituto Max Planck (Munich), y se especializó en biología celular, fisiología de la reproducción y biotecnología animal.

En 1984 regresó a Argentina con la firme convicción de mejorar el sistema científico para alcanzar los niveles que había observado en el extranjero. Un año más tarde, se creó la Asociación de Personal de Conicet y fue elegido como su primer presidente. Con rapidez, una vez más, comprendió que la gestión distaba mucho de ese pequeño mundillo encapsulado que constituía su laboratorio. A partir de aquí, sus experimentos ya no fueron con hormonas sino con instrumentos de financiación. Del mismo modo que en su juventud, se desmarcó del tiempo y aprendió una máxima que, incluso ahora, articula su trabajo: la aplicación de las ciencias, las tecnologías y las innovaciones son útiles siempre y cuando transformen la vida de las personas. Presidió la Asociación Argentina de Biología (1995-1996) y la Comisión Asesora de Tecnología del Conicet (1999-2000); fue secretario de Investigación de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (UBA) (2002-2003) y presidente del Directorio de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (2003-2007).

En 2007, se enteró de que Cristina Fernández iba a una reunión de investigadores realizada en Estados Unidos. Allí, el matemático y divulgador Adrián Paenza los presentó y, entre risas y nervios, Barañao pudo intercambiar algunas ideas. Ella le comentó que mediante un microscopio había logrado diferenciar un núcleo de un citoplasma en una célula. El quedó maravillado con una candidata presidencial que sabía sobre ciencia. En diciembre del mismo año, el Gobierno creó el Ministerio para atender los problemas del área y desde aquel entonces, Barañao ejerce el cargo de ministro. Dice que se siente un afortunado por ser uno de los pocos científicos que, a nivel mundial, tiene la posibilidad de administrar la cartera en la que se especializa.

Pablo Esteban – Página 12