A Carlos Mario Díaz siempre le gustaron los aviones. Desde que vivió en Bello (Antioquia) jugaba con ellos y más tarde, como profesor de la escuela rural Hojas Anchas de Supía (Caldas), los escuchaba y los veía pasar porque, según él, “por aquí hay una vía aérea y transita mucho avión y mucho helicóptero”. El aeromodelismo fue poco accesible para él. “Un avión valía mucha plata, pero una vez llevé uno al colegio y los niños quedaron fascinados”, cuenta.

Así comenzó la historia de Cigobiónica, un invento cuyo nombre se refiere a la combinación de las chicharras o cigarras (unos insectos estruendosos que abundan en la región) y la biónica (ciencia que estudia los objetos inspirados en seres vivos). “Se ve mucha chicharra por acá, son pequeñas, bullosas y llevan unas semillas dentro de su barriga”, dice Diana Alejandra Cadavid, alumna del colegio Hojas Anchas.

El invento reunió a diez niños y cinco profesores de la escuela y con él ya han ganado dos concursos nacionales y hace dos semanas representaron a Colombia en México durante la conferencia internacional Design for Change 2015, donde más de 50 proyectos fueron seleccionados a nivel mundial por su impacto en innovación.

Design for Change nació en Ahmedabad, India, en 2006 y hoy en día está presente en 33 países. “La idea es promover el liderazgo en los niños y proveerles las herramientas que los empoderen para cambiar su entorno a través de un proceso de cuatro etapas: siente, imagina, haz y comparte”, aseguró Kiran Bir Sethi, fudadora de la organización.

La Fundación Terpel decidió fomentar este programa, que ha llegado a cerca de 4.500 niños y 405 docentes en todo el país. Esta vez, el de Hojas Anchas en Supía, Caldas se llevó el premio mayor. Esta es una escuela ubicada en Arcón, una vereda a una hora y media de distancia por carretera destapada del municipio de Supía.

Allí a todos les preocupaba la erosión de los suelos a cuenta de la explotación aurífera. Porque, de hecho, Supía colinda con Riosucio y Marmato, una de las reservas de oro más grandes de Latinoamérica, que esconde en sus entrañas 20 mil millones de dólares de ese mineral.

Entre maestros y alumnos decidieron diseñar y construir un avión que arroja semillas sobre los terrenos para reforestar las zonas infértiles. “Los mineros escarbaban el terreno para buscar oro, pero era una cantidad enorme la que se estaba deforestando”, comentó Diana Cadavid, alumna del colegio en Supía.

Entonces, desde el 2010 el profesor Díaz empezó a fabricar con sus estudiantes aviones de juguete que sirvieran de dispersores de semillas. El primero fue de cartón, pero al lanzarlo se quebró. Luego hicieron uno de palo, pero ese tampoco voló. Después, uno de tubo y ese se cayó cuando ni siquiera había despegado. Por fin, construyeron uno a punta de materiales reciclables como fibra de vidrio, alambre, icopor, cinta transparente, un equipo electrónico que funciona con control remoto, una batería de litio que permite siete minutos de vuelo y una botella de gaseosa donde guardan las semillas.

Esa botella es el corazón del avión. En ella se introducen todas las semillas cuando el aparato está en tierra y mediante un comando del control remoto en el aire, caen hacia la tierra. El avión se construyó en cuatro meses. Mide 1,20 metros de ancho y lo mismo de largo. Cuando va equipado con semillas pesa 1 kilo y medio y su costo total fue de 550 mil pesos.

Pero todo era prueba y error. Primero, los prototipos de aviones, y después, el ensayo de las semillas. El profesor, basado en sus clases de licenciatura ambiental, recordó que las mal llamadas malezas eran recuperadoras del suelo, podían nacer en terrenos áridos, se caracterizan por su resistencia y no necesitaban de agua ni de tierra abonada para reproducirse. Ellas, por sí solas, se podían esparcir en poco tiempo y brindar una capa vegetal firme.

Diana cuenta que los abuelos decían que eran malezas porque en los cultivos de café, frijol y maíz arrasaban con la cosecha y no veían otra manera de utilizarlas. “Pero las malezas no son malas, sino buenas”, dice entre risas el profesor Carlos Mario Díaz. “Encontramos que fueron una maravilla y empezaron a germinar en una zona que la minería dejó totalmente destruida, donde no crecía ni una mentira”, remata Díaz soltando la carcajada.

Cadillo, dormidera y maní forrajero. Esas fueron las especies que sembraron en una hectárea donde las retroexcavadoras habían explorado oro dejando la roca desnuda, sin sustrato fértil. Al cabo de ocho meses, más del 60 % del lugar se había recuperado. Empezaron a ver que no sólo crecía pasto y algodón silvestre, sino que nacía una cadena trófica de insectos, ratones, serpientes como la tres X y aves como la mirla, el cuervo, el sinsonte y el toche.

Hoy, Diana y Carlos sueñan con poner el avión al servicio de la comunidad y de otros municipios afectados por la minería a cielo abierto y con crear una empresa de innovación donde el invento pueda ser comercializado. “Desafortunadamente, la administración de Supía está buscando viviendas sociales y posiblemente las van a hacer donde recuperamos el terreno”, concluyó el profesor Díaz.

María Paulina Baena Jaramillo – El Espectador