A comienzos del siglo XX, las “sociedades primitivas” representaban el escenario preferido en el que unos sujetos llamados etnógrafos se sumergían con el objetivo de comprender. Sin embargo, la realidad hizo temblar el edificio teórico. Las tribus se redujeron hasta mezclarse con los blancos, y ello obligó a los antropólogos a redefinir su objeto de estudio y a problematizar el enfoque metodológico. La etnografía comenzó a ser discutida por voces provenientes desde diferentes ámbitos académicos y la autoridad del viajero-científico-escritor adelgazó unos kilos.

En la actualidad, investigador e investigado pueden habitar el mismo escenario. La alteridad se halla a mano del cientista social contemporáneo: el otro respira el mismo aire y camina por las mismas calles. En el caso argentino, las fuerzas armadas y de seguridad siempre constituyeron un sujeto difuso, un sótano invulnerable, una caja negra.

Sabina Frederic es doctora en Antropología Social e investigadora del Conicet. Además dicta clases en la Universidad Nacional de Quilmes, donde también dirige el Doctorado en Ciencias Sociales y Humanas. Además, fue subsecretaria de Formación del Ministerio de Defensa entre 2009 y 2011, desde el cual asumió la conducción civil de la política de educación militar en el país. En 2014, recibió el Premio Nacional Producción 2010-2013 del Ministerio de Cultura de la Nación, en la categoría ensayo antropológico por su libro Las trampas del pasado: las Fuerzas Armadas y su integración al Estado democrático en Argentina.

–En el plano de la disciplina antropológica existen dos dimensiones analíticas: las prácticas y las representaciones que la sociedad efectúa. Desde su perspectiva, ¿qué concepción construye la ciudadanía acerca de las fuerzas de seguridad en Argentina?

–Lo primero que hay que saber es que la sociedad no es una unidad. Existen sectores sociales que elaboran diversas representaciones al respecto. Por ejemplo, en los últimos 10 años la Gendarmería Nacional duplicó el número de efectivos, pasó de tener 16 mil a disponer de más de 30 mil integrantes. Por supuesto, esos miles de individuos que se presentaron, y aún lo hacen, para prestar servicio creen que la Gendarmería es un lugar de prestigio para trabajar, un espacio que otorga legitimidad y reconocimiento. Por otra parte, también hay sectores de nuestra sociedad que no observan con buenos ojos este tipo de profesiones. En general, los grupos más reticentes están conformados por militantes, que argumentan a favor de su rechazo.

–En este sentido, ¿hay distinciones entre las representaciones que los grupos militantes efectúan en relación con los militares y con los policías?

–Al menos en los sectores militantes existe un vínculo directo que asocia a las fuerzas de seguridad y armadas con el ejercicio de la represión estatal en el pasado y en el presente. Desde esta perspectiva, se hace muy difícil quebrar el sentido común y generar un imaginario que conciba a militares y a policías como actores sociales que, como todos los seres humanos, tienen una vida más allá de los cuarteles y las comisarías.

–Ello que usted señala es una característica inherente al quehacer antropológico. Me refiero al análisis de los individuos a partir de sus múltiples dimensiones y al método que la ciencia utiliza para el estudio de la alteridad…

–Sí, claro. La antropología, a través del enfoque y la perspectiva metodológica etnográfica, es adecuada para desarmar los estereotipos y descubrir las diferentes facetas que poseen las personas, en la medida en que permite el acceso a un nuevo conocimiento que habilita el contacto directo con el mundo real. El ser humano se adapta de acuerdo con las circunstancias y expresa emociones que son variables según los contextos. En el campo, emergen dimensiones personales que son imposibles de prever desde el escritorio.

–¿Cómo se puede modificar esa representación que algunos sectores de la sociedad construyen respecto de las fuerzas de seguridad? Dicho de otro modo, ¿cómo construir un imaginario diferente?

–En principio, hay algo que todos debemos entender: gran parte de los policías y militares son individuos que crecieron y se formaron en democracia. Bajo esta premisa, la posibilidad de repetición de un golpe de Estado requiere de una serie de condiciones que exceden muchísimo la capacidad de estos actores. El golpe de 1976 fue cívico-militar y, además, desde el retorno al sistema democrático se hizo mucho por reducir el peso y la capacidad de acción que las fuerzas militares poseían. En la actualidad, los militares no se forman en una isla, sino en una lógica mucho más flexible: pueden salir de las academias una o más veces a la semana, se comunican directa, más informal y frecuentemente con sus superiores, se preserva la vida privada y su independencia de la vida profesional como no ocurría veinte años atrás.

–A propósito de esta referencia, en un trabajo de investigación usted señala que en la actualidad, la vida profesional y la vida familiar de los uniformados se construyen en dos espacios que ya no se yuxtaponen. ¿A qué se refiere con ello?

–Hoy en día se preserva la vida privada de la mirada institucional del militar. En el pasado, las acciones desarrolladas por los integrantes del círculo íntimo de los militares eran juzgadas en términos morales por los superiores jerárquicos y ello repercutía en sus carreras profesionales. Desde mi punto de vista, muchas de estas modificaciones se vinculan con cambios ocurridos en la moralidad familiar y la sensibilidad de otros sectores de la sociedad de la que son parte. También tuvo un gran impacto sobre las fuerzas armadas la abolición de la conscripción obligatoria. Como desde 1995 las personas no están obligadas a permanecer, las escuelas militares deben esforzarse por retener a los soldados que, hoy en día, tienen libertad para marcharse si no se sienten cómodos.

–En este sentido, ¿cómo influye la vocación de servicio?

–La vocación de servicio es un imaginario que, como todo imaginario, se construye a lo largo del tiempo y se reafirma al momento de decidir la pertenencia al grupo, opera como un filtro y es administrado por los más antiguos. Está fuertemente asociado al sacrificio, a la resistencia a condiciones que no cualquiera sería capaz de afrontar. Podemos encontrarla en otras profesiones. El individuo posee un conjunto de expectativas y valores que anteceden incluso a su decisión de formar parte de las fuerzas armadas y de seguridad. Dichas expectativas y valores, luego, se redefinen conforme se transita por procesos educativos y ámbitos de trabajo donde se reajustan a efectos de hacer más llevadero un oficio muchas veces ingrato. En definitiva, la vocación funciona como parámetro de ingreso y permanencia: quien no la desarrolla, difícilmente pueda ocupar un lugar respetable y prestigioso al interior de este tipo de instituciones.

–En la última década, el ingreso de mujeres a las fuerzas militares y policiales creció de una manera considerable. ¿Cómo se explica la participación femenina en un campo que, históricamente, estuvo asociado al sector masculino?

–Las mujeres se incorporaron en forma acelerada en los últimos 5 o 6 años por políticas de género desarrolladas por el propio Estado argentino en todos sus niveles. En la actualidad, en general, el porcentaje entre mujeres y hombres que integran estas instituciones es de entre el 40 y el 60 por ciento.

–Usted trabajó entre 2009 y 2011 como funcionaria a cargo de la Subsecretaría de Formación del Ministerio de Defensa. ¿Qué puede contar acerca de esta experiencia?

–Lo fundamental es acceder a lo que sucede en los intersticios de la vida social de los militares, y no sólo a los contenidos curriculares que allí se intentan transmitir. Es muy importante conocer acerca de la regulación del tiempo y del espacio en la dinámica cotidiana: comprender cómo es ese mecanismo de vigilancia/control/tutoría que realizan las jerarquías superiores sobre los subalternos, y de qué manera sirve en la formación para la guerra, la función principal asignada por ley a las fuerzas armadas. La subsecretaría orienta la política educativa tanto de los militares como de los civiles; dependen de ella todas las escuelas de formación de oficiales y suboficiales, así como también las escuelas superiores de guerra y los liceos militares.

–¿Cómo son los procesos educativos en este tipo de instituciones? Me imagino que la disciplina es una virtud que se enfatiza con recurrencia…

–Uno de los ejes medulares es el rol que ocupan el sufrimiento y el sacrificio en el proceso formativo. La educación de los oficiales, tanto en las policías como en las fuerzas armadas, es muy estructurada y está destinada a producir conductores. La proporción de oficiales sobre suboficiales es muy pequeña: representarán algo así como un 10 por ciento. En el caso de las fuerzas militares, se desarrolla un fuerte énfasis en la construcción de la identidad y la pertenencia grupal a una institución que trasciende a los individuos. Me refiero a lo que se denomina en la jerga como “espíritu de cuerpo”. Los vínculos entre las diferentes jerarquías de mando en las fuerzas militares se establecen a partir de una relación de tipo paternalista. El jefe se preocupa por el subalterno: conoce cómo está, si extraña a la familia, si se siente cómodo, cómo es su estado emocional, etc. Para poder mandar es necesario cuidar. La policía persigue ese ideal pero no siempre lo cumple, pues en su caso no es un vínculo que esté promovido institucionalmente.

–Por último, ¿cómo definiría el concepto de seguridad?

–Es un concepto bastante nuevo y tan polisémico que resulta casi imposible definir. En mi opinión, la seguridad guarda relación con una combinación de condiciones objetivas y subjetivas. Por ejemplo, el Estado puede ofrecer una serie de políticas que brinden a la población una segur0idad objetiva que no coincida, necesariamente, con la seguridad subjetiva/interior de cada persona, y viceversa. Los riesgos de este desfase son muy altos, grandes inversiones destinadas a paliar la sensación de inseguridad, que seguramente no ofrecerán una seguridad objetiva.

Pablo Esteban – Página 12


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