Oscar Ruiz lidera a un grupo de investigadores del Instituto Tecnológico de Chascomús (IIB-INTECH), que depende de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y del CONICET, que desarrolló y registró en el Instituto Nacional de Semillas (INASE) una nueva variedad híbrida de la leguminosa Lotus, con el nombre de Albufera. Se trata de una forrajera que permitirá alimentar mejor al ganado que se cría en la Pampa Deprimida del Salado, además de proteger los suelos de esa región, que ocupa un territorio de nueve millones de hectáreas en la región pampeana y constituye la zona de mayor producción ganadera de la Argentina. Además, el IIB-INTECH estableció un convenio con la empresa nacional Biscayart, que producirá estas semillas –que fueron distinguidas con el premio Innovar 2009– de manera pre-comercial.

En diálogo con Agencia TSS, el especialista se refirió al rol del científico en la sociedad, a la importancia de transferir los desarrollos tecnológicos a la industria y a las dificultades que encontró para llevar su idea desde la academia hasta el sector productivo.

¿Cuál era el objetivo del desarrollo de esta variedad de Lotus?

Ocupar el 30 por ciento de una zona de la Pampa Deprimida del Salado, adonde hoy no hay aporte forrajero porque la salinidad y alcalinidad del suelo impiden su crecimiento, con una leguminosa que además va a mejorar el suelo mientras va creciendo. El productor también podrá sumarle tecnología de manejo del ganado. Para eso nos unimos con el INTA y el Ministerio de Asuntos Agrarios, que hicieron un protocolo sobre cómo administrar el campo en el que vaya creciendo esta variedad de Lotus, para manejar el rodeo de manera tal que el vacuno entre en el momento más conveniente, de acuerdo a los ciclos biológicos para que el potrero permita la mejora del suelo y se produzca cada vez más pastizal.

¿En qué consiste el acuerdo que establecieron con la empresa Biscayart?

Firmamos un convenio de vinculación tecnológica entre el CONICET y la empresa. Además, el MINCYTnos aprobó un PICT Start up, mediante el cual conseguimos los fondos para llevar el desarrollo a una escala pre-comercial y multiplicarlo. Posteriormente, la empresa lo producirá a escala comercial para venderlo y esperamos que eso suceda dentro de tres años.

¿La empresa ya está trabajando con ustedes?

Sí. Biscayart ya está poniendo capital y ha designado a un responsable de mejora para la multiplicación de las semillas. Primero plantaron media hectárea, ahora van a ocupar otras seis hectáreas y el año que viene serán más de 30. Además, nos aportan la cosechadora, los insumos para multiplicar, para fertilizar y los tratamientos con herbicidas.

¿Qué fue lo más difícil en este proceso de desarrollar una idea y tratar de llevarla al mercado?

Mantener este pensamiento de que hay que hacer transferencia bien valorada, con un doble desafío: hacer transferencia y al mismo tiempo formar recursos humanos de altísima calificación. La investigación científica está encontrando la veta de la aplicación, pero seguimos viviendo en un país en el que a los académicos les gusta mucho hablar con los académicos y no con las empresas; y las empresas prefieren hablar con los que hacen estudios de mercado… Pero creo que también hay que ver el rol social de la investigación científica.

¿En qué sentido?

Creo que cualquier actividad pierde sentido si se la separa del campo social: la del bombero, la del cura y la del científico también. La ciencia es tan importante que no puede estar solamente en manos de científicos. Hay que hablar sin ruborizarse de políticas científicas prioritarias para el país. Eso está pasando cada vez más, pero tendría que partir del convencimiento de que uno pertenece a una red social. La transferencia sigue sin ser bien vista por los académicos. No quiero entrar en la dicotomía de si hay que parar la ciencia básica para hacer ciencia aplicada, pero sí creo que si el CONICET pasó de 4000 a casi 9000 investigadores y el porcentaje de quienes quieren transferir sigue siendo del dos o el tres por ciento, entonces tenemos un problema.

¿Por qué considera que la vinculación de la investigación con la producción es tan importante en biotecnología?

Porque creo que la Argentina es un teatro único en el mundo. En otros países, como los europeos, pueden hacer biotecnología pero no tienen un campo de expansión tan gigante como acá. Y es importante que nuestras ventajas relativas vayan acompañadas de una política estatal, de desarrollo de recursos humanos que sepan leer esto. Mi función es que los investigadores que trabajan conmigo aprendan a hacer esto y no pierdan la inquietud por tratar de acercarse socialmente a la gente, que en definitiva es quien paga. La Argentina es un campo brillante y los tiempos que se están viviendo son emocionantes en ese sentido: el Lotus representó en mi caso un campo donde desarrollarme y encontrar contacto con los productores.

Mencionó la dificultad para establecer nexos entre investigadores y empresas. ¿Qué se podría hacer para promoverlos?

Podría ayudar una legislación como la brasileña, que promueve que las empresas tengan que invertir en I+D. Pero habría que ver cómo se hace, porque es un tema en discusión y la decisión debería ser consensuada.

En el caso del Lotus, ¿cómo lo lograron? ¿Fueron ustedes los que se acercaron a la empresa?

Sí. De puro insistente que soy. Yo sé que es un esfuerzo doble fabricar tecnología y encima publicar con doble índice de impacto, pero las cosas fáciles se hacen solas. Es cierto que ahora se habla de empresas de base tecnológica y que hay grupos que eran puramente académicos y que ahora empiezan a ver la posibilidad de transferir, pero, ¿es porque están convencidos? Creo que debemos ser capaces de incentivar a que la gente se sienta comprometida socialmente en una red de corresponsabilidades.

¿En esas corresponsabilidades entrarían las Pymes?

A las Pymes siempre les va a convenir asociarse con el Estado, porque hacer un departamento de I+D es costoso y muchas no tienen la posibilidad de hacerlo ni tampoco se plantean el dilema de hacer una asociación más cercana con los científicos. En este punto, creo que es una responsabilidad doble, porque lo mismo ocurre con los científicos.

¿Por qué cree que la biotecnología es estratégica para el desarrollo nacional?

La Argentina tiene una oportunidad impresionante de hacer biotecnología agropecuaria, casi como ningún otro país del mundo. No quiero ser chauvinista, pero creo que la potencialidad es enorme y que se llegó a un umbral de la producción en el que todo lo que sigue es tecnología para el campo.

Pero los desarrollos tecnológicos que están protegidos pueden volverse costosos para algunos productores. ¿De qué manera se garantizaría el acceso?

Con la ley de semillas. El verdadero éxito es que el señor del otro lado del alambre haga lo mismo que el que incorporó la tecnología, que vea que el vecino tiene el doble de producción y que si lo copia y sabe implementar el sistema va a poder tener su propia semilla. No va a estar obligado a comprarla más que la primera vez y para mantenerlo, pero porque la naturaleza dice que para mantener la característica híbrida necesito cruzarla con el padre cada cierto tiempo…

Pero, de ese modo, ¿no se desalentaría a los desarrolladores?

Si yo convenzo al 5 % de los productores de la Pampa del Salado de que usen mi semilla en el arranque y después la reproduzcan, en verdad va a haber un mercado mucho mayor que el mío y no me preocupa, porque tengo que tener suficiente ingenio para hacer otra cosa además de esta semilla. Se supone que la tecnología va a ir creciendo en complejidad y que nosotros manejamos herramientas de génesis que les van a convenir a los productores, porque el hombre del campo no va a poder leer esto, sino que yo tengo que poder leerlo. Para él, el desafío es tener más vacas; para mí, es tener una cosa que nadie tiene para demostrarle que puede hacer todavía mejor su trabajo.

Vanina Lombardi – Agencia TSS


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