Cuando Oscar Fernández se recibió de ingeniero en telecomunicaciones en la Universidad Nacional de La Plata, en los años setenta, la Argentina estaba a punto de ingresar en el último período de dictadura militar. Así comenzó su trayectoria profesional, que se fue moviendo acorde a los vaivenes de la historia nacional. Desde el retorno de la democracia, lo hizo desempeñándose en una misma institución: el Instituto Balseiro (IB), del cual es su director desde el año 2012.

Fundado en 1955, el IB nació de la mano de la Universidad Nacional de Cuyo y el Centro Atómico Bariloche -perteneciente a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA)-, con el objetivo de formar investigadores vinculados al desarrollo nuclear argentino. Actualmente, allí se dictan carreras de grado en física y las ingenierías nuclear, mecánica y en telecomunicaciones, además de maestrías en ciencias físicas, física médica e ingeniería, y doctorados en física, ingeniería nuclear y ciencias de la ingeniería.

Fernández ingresó a la institución -que hoy lleva el nombre de su primer director, José Antonio Balseiro- en los años ochenta, como investigador en un grupo de control automático y como docente en la carrera de ingeniería nuclear, que junto con la licenciatura en física eran las únicas que se podían estudiar allí por entonces.

En perspectiva histórica, ¿qué cambios destacaría en cuanto al rol estatal en el desarrollo científico-tecnológico?

La mitad de la vida del IB la conozco, no me la tienen que contar. ¿Qué pasó en estos 30 años? Después de la vuelta de la democracia, que fue una bisagra, no la pasamos bien ni la pasó bien el país. Siempre es mejor que con una dictadura, obviamente, pero no nos fue bien. El país estaba muy condicionado y al Balseiro le pasó lo mismo: se nos fueron cerrando las puertas y hubo una población etaria que desapareció del IB. La gente que tiene entre 40 y 50 años no está. Es la famosa década perdida, la década neoliberal, en la que se intentó hacer desaparecer al Estado por todos los medios. La dictadura nos hacía desaparecer a los seres humanos y la década neoliberal quería hacer desaparecer a todo lo estatal. Creo que ha sido por la tozudez de mucha gente que eso no ocurrió.

Y así, el IB logró mantener su prestigio…

Lo bueno, en el caso de Bariloche, es que siempre tuvimos el aporte de gente joven, que en general no se podía quedar porque el Estado no quería tomar gente, pero con mucho esfuerzo algunos lo lograron. En el arranque de ingeniería nuclear, por ejemplo, las primeras cohortes se fueron a trabajar afuera y ya no volvieron.

¿Por qué se vio tan afectado el sector nuclear?

La carrera de ingeniería nuclear se abrió a fines de los setenta y los primeros graduados empezaron a aparecer en 1981. Iba declinando la dictadura y empezaron a aparecer las primeras cohortes. Cuando llegó el gobierno de Alfonsín había temas como el de energía nuclear que pasaron a ser palabra prohibida y el financiamiento era igual cero. Y en los noventa ya fue la catástrofe, ahí sí que estábamos decididamente mal. Tuvimos ejemplos de cómo particionar una institución como la CNEA, separarla en pedazos… Entonces, la Autoridad Regulatoria Nuclear era pequeña y también quedó separada. La CNEA quedó sobreviviendo, creo que esa es la palabra: sobrevivir.

¿De qué manera lo hicieron?

No había proyectos concretos. Los proyectos en el área nuclear los encara un país porque requieren muchos fondos y políticas a implementar. Dentro de las prácticas de supervivencia, aparecieron cuestiones como la Ley de Innovación Tecnológica, sobre qué podíamos hacer alternativamente que nos significara ingresar algunos fondos para poder comprar equipamiento y bibliografía, o asistir a congresos. Teníamos que lograr que un grupo de gente joven y movediza estuviese activo, asumiendo que la situación iba a cambiar. Lo fácil hubiera sido cerrar todo y buscar otro lugar. Por eso insisto en la buena tozudez de algunas personas de la CNEA que, a pesar de que todo indicaba que no había que hacer eso, pusieron un terrible esfuerzo en que no se destruyese lo más rico de la CNEA, que eran sus recursos humanos. Si bien no ingresó gente nueva, se trató de minimizar las pérdidas. Entonces, después de esa década terrible, cuando apareció el Estado nuevamente en acción y empezó a tomar el rol que tendría que haber tenido siempre, en la CNEA encontró un terreno muy fértil porque ya había gente. No fue tan terrible como en otros lugares, como en las escuelas industriales que desaparecieron, adonde hubo que partir de cero. En ese sentido, en la CNEA no estábamos bien pero teníamos recursos humanos y quedaba equipamiento.

Con la vuelta de un Estado activo, ¿cómo fue esa reconstrucción?

Fue distinto. El Estado nos estaba demandando, que es algo soñado para cualquiera que esté en investigación y desarrollo. Nos dijeron: “sabemos que ustedes forman buenos ingenieros, a ver si están de acuerdo en sumarse a este desafío”. Y ahí, uno empezó a entender, por lo menos en mi visión de lo que viví en estos años, de cómo fueron las políticas del Estado en cuestiones tecnológicas. En todos los casos uno veía una decisión de actuar en tres grandes áreas: el área nuclear, el área satelital y el área de comunicaciones. En esas tres grandes áreas, que no casualmente fueron abordadas desde el Ministerio de Planificación, los desarrollos tecnológicos son importantes o prioritarios para el desarrollo de una política, de una nación que quiere llegar a ser soberana.

¿De qué manera se evidenció esa decisión del Estado?

Si uno mira las inversiones en el área nuclear o las que se han hecho para construir los satélites o para hacer los miles de kilómetros de tendido de fibra óptica, se da cuenta de que eso lo pudo haber hecho solamente un Estado que sabía lo que quería hacer. Y en lo que a mí me ha tocado, siempre han estado controlando hasta el último centavo que gasté.

Frente a este cambio, ¿qué reacción hubo entre los investigadores? ¿Hubo algún período de cambio o transición?

Primero con miedo, muchos pensaban: “aprovechemos a comprar ahora, porque seguro esta política se va a acabar”. Y no, no se acabó. En este momento se empieza a escuchar que ahora viene otra etapa, que no solo es consolidar lo hecho, sino seguir creciendo. Estamos condenados a seguir creciendo, a seguir haciendo cada día las cosas lo mejor posible, y eso es bueno.

¿Qué rol juega la institución en este proceso de afianzamiento?

Durante muchos años, aún ante la casi inexistencia del Estado, el IB mantuvo su prestigio y creo que hay algo más que uno puede devolver a la sociedad. Lo devolvimos metiéndonos en estos grandes desafíos, como telecomunicaciones y ahora en el Plan Nacional de Medicina Nuclear, pero también en otras cosas más sencillas que hacen a la construcción nacional y de una identidad.

¿Por ejemplo?

Es muy lindo hablar de los logros internacionales del Balseiro, pero resulta que de pronto a uno le parece que también es bueno lo que estamos haciendo con estudiantes de nuestro hermano país de Bolivia, que necesitan un plan de desarrollo nuclear y nos estamos preocupando por eso, porque los estudiantes para nosotros son latinoamericanos, son todos de esa misma patria grande que tenemos. Y una de las grandes cosas que tiene el IB es que los posgrados son gratuitos y además se dan becas. También recapacitamos a docentes de una escuela técnica de Formosa y estamos orgullosos de cómo vamos aportando desde lo que sabemos. No nos metemos con los estudiantes porque no estamos capacitados para eso, pero sí podemos ayudar a los docentes a actualizarse en sus conocimientos.

¿Por qué Formosa?

Primero, porque la provincia fue receptiva a estas cosas. Nosotros estamos en Río Negro, nos hubiera resultado mucho más fácil y barato no tener que cruzar hasta la otra punta de la Argentina. Pero en Rio Negro a duras penas una vez pude ver de cerca al ministro de Educación. En Formosa, el ministro de Educación es un ser humano mucho más sencillo, como cualquiera que realmente está haciendo las cosas con convicciones y porque tiene un proyecto político del cual se siente parte.

¿Influye de alguna manera el hecho de que está por trasladarse a esa provincia la planta de Dioxitec que fue cerrada en Córdoba?

Sí, pero teníamos varios objetivos. Otro era darles a los técnicos que egresan de allí una especialización técnica en instalaciones nucleares, para que los jóvenes no se tengan que ir de la provincia a buscar trabajo en otro lugar, sino que se sigan formando y que se queden con una calificación para poder trabajar en eso. Porque, además, está previsto que a partir del año 2020 se construya en Formosa el primer reactor nuclear de potencia de diseño argentino.

¿Las capacitaciones están siempre vinculadas al desarrollo nuclear?

No. A partir del desarrollo del Plan Nacional de Medicina Nuclear se busca darles los conocimientos específicos para que puedan ser técnicos de instalaciones de medicina nuclear, pensando en los que están terminando la escuela técnica. Y lo mismo se busca para las cuestiones de telecomunicaciones. Serían especializaciones cortas, de un año, con un título reconocido a nivel nacional. Todo eso lleva a que empiece a haber una oferta para chicos de 18 a 20 años, que en un año van a tener una formación que les permitirá quedarse en su provincia.

¿Están replicando este tipo de actividades en otros lugares?

Formosa fue generosa en dejarnos ir para probar nuevas formas de involucramiento de una institución de altos estudios. Si nos va bien, luego podremos replicar este modelo en cualquier provincia de la Argentina. Creo que a la CNEA le gustaría hacer más cosas de las que hace. Pero, si lo comparo con 20 años atrás, se está haciendo mucho más y tenemos capacidad para hacer más todavía. Es cuestión de que el Estado apriete en el buen sentido, de decir “sos bueno y queremos que seas mejor”.

Vanina Lombardi –