Cuando un organismo muere, los insectos son los primeros que concurren e informan sobre el acontecimiento. Se trata de unos bichos voladores que cumplen un rol fundamental para las actividades de criminalistas y profesionales del derecho penal especializados en maltratos corporales, muertes dudosas y demás vejaciones. Sin embargo, ¿cómo se explica eso? ¿Cómo actúan? ¿Qué datos aportan?

En general, cuando el corazón de cualquier ser vivo deja de palpitar –al menos ello sucede con aquellos que tienen corazón– se inician procesos fisiológicos de descomposición que son anunciados por la emanación de fuertes olores, producto de la degradación de glúcidos, lípidos y proteínas. En este sentido, mucho antes de que el olfato humano pueda percibir el grado de putrefacción alcanzada, los insectos aledaños se acercan al cadáver y permiten a los científicos la extracción de datos con sorpresiva precisión.

Testigos privilegiados en la escena del crimen, los insectos se han convertido en excelentes ayudantes a la hora de esclarecer casos policiales de difícil solución. La entomología forense, transformada en área de consulta recurrente, ha brindado durante las últimas décadas respuestas con un nivel de exactitud que ha sorprendido a propios y extraños.

Sin embargo, algo debe aclararse: aunque parezca mentira, la utilización de insectos para develar misterios y casos intrincados no representa una actividad novedosa. Narra un mito oriental que allá por el siglo XIII (año 1235 d.C.) un labrador chino fue asesinado con un machete que portaba un habitante del pueblo vecino. Al día siguiente, en plena inspección por el lugar de los hechos –según informan los testimonios del investigador chino Sung Tz’u en su libro The Washing Away of Wrongs (El lavado de males) traducido en 1981– las moscas se concentraron en un cuchillo que encubría pequeños círculos de sangre imperceptibles al ojo humano. Horas más tarde, se identificó el instrumento con el agresor y al cabo de pocas semanas, el hombre fue condenado.

En 1855, el médico parisino Bergeret se convirtió en el primer occidental en utilizar insectos como indicadores forenses. Ante la aparición de un bebé en estado de descomposición, sus análisis de asociación entre el cuerpo y las moscas contribuyeron al descubrimiento de signos claves respecto de su muerte. Sin embargo, en medio de avances y retrocesos, será recién a fines del siglo XIX, con el aporte de Jean Pierre Megnin, que la entomología forense será institucionalizada como ciencia auxiliar de la medicina legal.

Néstor Centeno es doctor en Biología (UNLP) y profesor adjunto de la Universidad Nacional de Quilmes. Es especialista en entomología forense y explica cómo se vincula la disciplina con otras áreas de estudio, describe cómo los insectos realizan el proceso de extracción de información y, finalmente, narra por qué papar moscas no es tan malo después de todo.

–¿Por qué estudió biología?

–Fui a un secundario y me recibí de perito mercantil. Me atraía la medicina, pero en la época de la dictadura era muy difícil el ingreso y la realidad es que no tenía una buena formación en biología y química. Sin embargo, como la naturaleza siempre me gustó, decidí inscribirme en la Licenciatura en Biología –con orientación en Ecología– en la Universidad Nacional de La Plata. Con el tiempo, me fueron atrayendo más los animales y me pasé a Zoología. Luego, realicé posgrados en medio ambiente, fui profesor en escuelas secundarias y gracias a ello, logré vincularme con la Universidad Nacional de Quilmes. En paralelo, trabajé en mi tesis doctoral basada en un trabajo de campo en que analizaba un grupo particular de moscas invasoras.

–En este sentido y con tantos animales por analizar, ¿por qué se especializó en entomología forense?

–Comencé a tomar cursos de entomología forense en el marco de mis estudios de doctorado. En 1995, ya existían investigadoras como la doctora Oliva, que se preocupaban por aquellas temáticas. Me anoté en un curso con ella y, recién en 1998 obtuve un subsidio que me permitió volcarme de lleno en ese mundillo tan particular. Al principio fue complicado porque en Argentina no existían experiencias de campo registradas. En efecto, comencé a colocar cadáveres de animales y luego recogía muestras diarias para analizar qué especies de insectos colonizaban al cuerpo.

–A menudo las preguntas más simples suelen convertirse en las más complejas. Si tuviera que definir qué estudia la entomología forense, ¿qué me diría?

–Es cierto. Aunque me animo a responderte: la entomología forense estudia la fauna cadavérica de insectos que aparece asociada a un cuerpo fallecido. A partir del análisis de la información y los datos susceptibles de ser extraídos, se trata de examinar las circunstancias y los tiempos de descomposición. En definitiva, lo que hacemos a través de los insectos es responder a una serie de interrogantes: ¿cuánto tiempo lleva descomponiéndose ese cuerpo? O bien, ¿cómo fue su proceso de putrefacción?

–¿A qué se refiere con proceso de putrefacción?

–El nivel de putrefacción depende del ámbito en que se halla el cuerpo. La descomposición tiene estadios discretos y, en efecto, el paso del tiempo determina la presencia de características puntuales. Por otra parte, observamos si la fauna cadavérica es o no propia del lugar en que fueron hallados los restos. El objetivo es aportar datos a los investigadores forenses, es decir, ser útiles a los médicos, a los fiscales y a los policías forenses.

–¿Cuál es el vínculo entre la entomología forense con otras disciplinas como la arqueología y la paleontología?

–Los entomólogos, además de ir al campo, hacemos experimentos en laboratorio: clasificamos los bichos, caracterizamos sus ciclos vitales, describimos sus características y comportamientos, etc. En este contexto, el vínculo con la arqueología se produce, por ejemplo, cuando analizamos la fauna cadavérica presente en momias. También, nos relacionamos con especialistas en tafonomia, que estudian los restos óseos de organismos antiguos –por ejemplo en yacimientos de lobos marinos muertos hace mil quinientos años–. Por otra parte, yo no he trabajado en casos paleontológicos, pero hay entomólogos que se han ocupado de observar los restos de fauna cadavérica que aparecen asociadas a fósiles. En síntesis, como observarás, no sólo nos preocupamos por casos de actualidad sino también examinamos el pasado.

–¿Qué diferencias existen entre la fauna cadavérica y los animales carroñeros?

–En general, cuando hablamos de carroñeros nos referimos a aquellos animales que no son depredadores sino que se alimentan de los restos de organismos muertos. Pueden ser aves, perros y gatos en ambientes urbanos, así como también comadrejas y peludos en contextos rurales. En este marco, al interior del grupo de los carroñeros –además de los vertebrados– están los insectos que consumen los tejidos y constituyen colonias –nacen y se reproducen– sobre el animal en descomposición. Se instalan, ponen huevos, sus larvas viven allí e, incluso, permanecen por varias generaciones. A medida que avanza el proceso de descomposición la fauna cadavérica migra.

–He leído en un trabajo suyo que los bichos que colonizan el cadáver varían de acuerdo con el estado de descomposición en que se halla el cuerpo. ¿Qué me puede decir al respecto?

–Sí, es correcto. Al modificarse el estado del cuerpo, varían los animales que lo colonizan. Las moscas suelen arribar primero, por eso, son los indicadores forenses más utilizados. Sin embargo, vale aclarar un punto: existe un orden que en épocas pasadas se consideraba como una norma taxativa y en la actualidad se ha flexibilizado bastante. Hoy sabemos que el cuerpo es un mosaico en descomposición; hay casos en que se esqueletiza primero el cráneo mientras el abdomen conserva sus tejidos. En general, cada rincón del cuerpo exhibe una fauna específica.

–Con el consumo de los restos del fallecido, los animales se alimentan y en simultáneo extraen información muy valiosa para resolver causas judiciales. En concreto, ¿qué insectos participan del proceso de descomposición de un cadáver?

–Como señalé recién, no es algo determinista pero sí es posible afirmar que hay insectos adaptados a comer ciertos tejidos. Por caso, las larvas de mosca consumen tejidos frescos como las vísceras y la carne; los escarabajos, en general, se alimentan de las moscas y de sus huevos; y, por último, existen otras especies de escarabajos que predominan durante la última etapa de descomposición y se alimentan de piel seca, cabellos y uñas.

–Desde esta perspectiva, he observado que existe una categorización que distingue a los animales según sus consumos. ¿Cuál es la diferencia entre necrófagos, necrófilos, omnívoros y oportunistas?

–Tenemos una clasificación que categoriza y determina los roles de la fauna cadavérica. Los insectos necrófagos se alimentan de tejidos corporales en cualquier estadio; los necrófilos son animales afines al cuerpo, pero no comen tejidos, pues cazan larvas y huevos de mosca; los omnívoros consumen tanto tejidos como larvas; y por último, los oportunistas son aquellos individuos que no son atraídos de modo directo por el cuerpo, pero aprovechan la situación y también extraen su tajada (como puede ser el caso de las arañas).

–Ya comprendí qué hace la fauna cadavérica cuando localiza un cadáver. Ahora bien, ¿cómo actúan los científicos cuando hallan un cuerpo en estado de descomposición?

–Cuando vamos a la escena revisamos en forma detenida el cuerpo y tomamos muestras que representen al total de la fauna cadavérica que pueda ser apreciable y visible en cualquier estadio en que se hallen (ya sean huevos, larvas, moscas, escarabajos, etc.). Luego, las examinamos en el laboratorio.

–En específico, ¿qué datos aportan?

–A partir de los insectos, los entomólogos podemos investigar y aportar datos importantes. Por ejemplo, es posible calcular el intervalo post mortem, sobre todo cuando el cuerpo lleva en descomposición un tiempo superior a 24 horas. Dicho de otro modo, se puede averiguar qué nivel de vejez tiene la fauna cadavérica más antigua que puede localizarse. En efecto, no accedemos al momento exacto en que falleció la persona, pero sí podemos dar cuenta con precisión de los insectos que llegaron primero. Eso representa todo un indicador, porque –sobre todo en ambientes abiertos– las moscas son atraídas casi al instante en que un cadáver comienza con el proceso de descomposición, por los olores y la presencia de sangre.

–¿Y qué puede señalar respecto de los lugares? Usted comenta en un trabajo que los insectos, incluso, permiten conocer si el cuerpo –eventualmente– sufrió algún traslado.

–Se han utilizado los análisis de fauna cadavérica para conocer si, por ejemplo, un cuerpo estuvo encerrado en un sitio inaccesible a los insectos y luego fue descartado en un ambiente al aire libre. Eso ocurre en los casos de cadáveres que exhiben altos grados de descomposición y la presencia de fauna cadavérica incipiente. Esa contradicción indica que el cuerpo pudo haber sido trasladado. Una actividad casi detectivesca como verás. Incluso, hay casos en que los investigadores encuentran fauna en el cuerpo que no es característica del contexto en que los restos fueron hallados. Eso plantea una primera hipótesis que deja translucir la posibilidad que el cuerpo haya sido transportado de un sitio a otro.

–Por último, ¿qué cree acerca de la educación de recursos humanos formados en entomología forense? En Argentina, ¿existe una cantidad suficiente de especialistas o aún es muy reducido el personal que estudia y trabaja en este tipo de temáticas?

–Por mi experiencia en causas judiciales, pienso que debería haber un entomólogo por provincia. En muchos casos, se plantean problemas jurisdiccionales para trabajar. Por ejemplo, se torna muy farragoso cuando aparece un cadáver en una provincia determinada y sus autoridades deben solicitar un entomólogo de otra región porque no poseen el especialista en su propio radio. En mi caso, trato de formar de modo continuo recursos humanos porque en la actualidad somos muy pocos para cubrir grandes extensiones geográficas como las que comprende nuestro país.

Pablo Esteban – Página 12


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