En Occidente, sostener más de una relación amorosa resulta conflictivo. La infidelidad es observada con malos ojos, como un acto de traición y egoísmo. Hombres y mujeres enfrentan el desafío que supone escoger la compañía correcta, una persona –entre tantas posibles– que dure para siempre (o por lo menos, que esté dispuesta a quedarse por un buen rato). Estar en pareja implica ceder cierta cuota de libertad, reprimir cierto puñado de deseos y concentrar todas las ganas y la dedicación disponible en un único individuo. Sin embargo, no ocurre de igual manera con todo el mundo. Los animales no experimentan la asfixia de las presiones culturales y, en general, practican una poligamia tan instintiva como espontánea y silvestre. El toro, desde esta perspectiva, tiene mucho que enseñar al respecto.

Asunto de mérito genético, digamos. Las patas fuertes para sostener semejante estructura siempre activa, los ojos bien abiertos para seleccionar a la hembra correcta, un aparato reproductor que funciona de maravillas en tremenda empresa y un temperamento dócil, garantía de disponibilidad y deseo constantes; son todas características específicas de un bovino con aptitudes singulares para la reproducción de su especie.

El toro es un animal incansable, un monumento al esfuerzo y a la voluntad. Un atleta sexual que trabaja tres meses al año, pero a un ritmo que espanta de increíble. En promedio, en la ganadería argentina, tres machos son suficientes para preñar 100 hembras. De este modo, si se calcula que el país tiene un stock de 22 millones de vacas de cría que son entoradas por servicio natural, unos 660 mil toros sostienen el engranaje de la reproducción bovina todos los años.

Alberto Prando, médico veterinario recibido en la Universidad Nacional de La Plata, investiga cómo descubrir genéticamente a los toros más precoces sexualmente.

–¿Por qué estudió Veterinaria?

–Desde los 7 años, aproximadamente, quiero ser veterinario. Pertenezco a una familia de pequeños productores, y desde bien pequeño me gustaron las vacas. Con el tiempo, creció mi interés hacia todo lo referente al estudio genético y al rodeo. Soy un fanático de la temática y siempre tuve todo definido. Luego de recibirme en la Facultad de Veterinaria (UNLP) trabajé tres años en un laboratorio de diagnóstico, y en el 2000 ingresé en un grupo de investigación que estudia el mejoramiento genético de los bovinos de carne. A partir de 2005, comencé a interactuar con el Instituto de Genética Veterinaria (Igvet), y en ese marco, comencé con el desarrollo de mi tesis doctoral. Me sumergí en el mundo de la genómica –conjunto de ciencias y técnicas dedicadas al estudio integral de los genomas– y su relación con la pubertad en toros.

–Un momento, ¿cómo definiría “mejoramiento genético”?

–La genética se define como la capacidad para transmitir características de generación en generación. Las especies heredan los caracteres más útiles para poder sobrevivir y reproducir la especie. Ahora bien, cuando ello se genera de forma artificial, el ser humano intenta a través de los genes –del ADN– aumentar la eficiencia productiva que redunda, en el caso de los bovinos, en una mejora económica.

–¿Podría dar un ejemplo concreto de lo que llama “aumentar la eficiencia productiva”? ¿Cómo se generan ventajas económicas?

–Aumentar la eficiencia productiva implica alcanzar los objetivos que fueron planificados desde un principio: lograr una mayor producción de terneros, alcanzar una mejor producción de carne, aumentar el índice de preñez, etc. En este sentido, el impacto económico de su utilización radica principalmente en menores gastos de crianza para el cabañero, mientras que para el productor comercial implica una reducción del precio de compra, lo cual disminuye la inversión destinada a la reposición de toros, un rubro de gran influencia en los costos directos de la ganadería, especialmente, cuando se pretende usar animales de alto mérito genético.

–En concreto, ¿cómo se produce la mejora genética?

–Se trata de apareamientos dirigidos. El productor combina características que le interesan en dos animales distintos. En general, se busca la complementariedad: el toro que provea buena calidad de carne y una vaca que sea superior en fertilidad. Como resultado, se obtiene un hijo que reúne los aspectos positivos de ambos. Este proceso no representa ningún riesgo ni desventaja porque es natural.

–Ello se relaciona con su propuesta para la tesis doctoral…

–Sí, claro. En un contexto de sistema productivo, la propuesta es localizar los marcadores genéticos que tuvieran que ver con la precocidad sexual en toros. Detectar en forma temprana, a partir del análisis de sus ADN, si esos animales alcanzarán la pubertad con velocidad o no. La pubertad –se define por el momento en que los testículos comienzan a producir espermatozoides en forma correcta– marca el inicio de la fase de servicio para los productores, pues indica el instante en que pueden comenzar a utilizar a los toros para preñar a las hembras. Además, los toros que alcanzan la pubertad con poco tiempo de vida determinan una mejora genética en la población en la cual participan, a través de sus hijas que serán, también, precoces a corta edad.

–De modo que la precocidad sexual de los toros acelera la precocidad de sus hijas. ¿A qué edad los toros son púberes?

–A los 15 meses los toros pesan unos 300 kilos y están preparados para preñar. Una hembra, con esa edad, alcanza unos 170 kilos. En efecto, se modifica el sistema productivo que permite utilizar animales con velocidad a medida que se acelera el progreso genético.

–¿Cuántas vacas reproduce un mismo toro?

–En general, cada 100 vacas se utilizan 3 toros. Sin embargo, en todos los países que se hace cría bovina extensiva –como en Estados Unidos, Sudáfrica, Australia, Brasil, etc.– las proporciones de machos sobre hembras superan el 3 por ciento. La tendencia conduce a la búsqueda de todas aquellas técnicas que minimicen la cantidad de toros utilizados para reducir las inversiones por parte del productor y, además, porque una cantidad exagerada de machos en el mismo campo nunca es aconsejable.

–¿Por qué?

–Se ha establecido que la convivencia se complejiza cuando la población es abultada. Se suceden luchas por la jerarquía social que terminan por enfrentar a los animales. Los machos se pelean en vez de ocuparse de preñar a las hembras.

–¿Durante cuánto tiempo “trabajan” los toros?

–Todos los años hay una temporada de servicio en los sistemas de cría que dura tres meses (en general de octubre a enero), aunque depende de la región. En esto, interfiere lo que se denomina “selección funcional”, que apunta a la búsqueda de aquellos reproductores que posean una estructura física que les permita realizar el trabajo. Es fundamental que sus patas aguanten el trajinar, que tenga buena visión, que desarrolle el instinto suficiente y una conformación adecuada del aparato reproductor –la cantidad de espermatozoides necesarios– para satisfacer la capacidad de servicio. Es decir, que tenga voluntad y deseo de preñar la mayor cantidad de vacas posible. Nos referimos a un lapso complicado para el toro, pues cuando trabaja no come. De aquí la idea del toro como “atleta sexual”. Impresiona la resistencia de este animal, que de modo continuo busca a las vacas que están en celo y detecta aquellas que están listas para ser montadas y preñadas.

–¿Cómo se mide la capacidad de servicio?

–Mediante una técnica denominada “Prueba de capacidad de servicio”. Se inmovilizan tres hembras cada cinco machos y durante 10 o 20 minutos se cuantifica la cantidad de servicios completos con penetración incluida. Según los resultados, se clasifica al individuo en categorías. Ello, con otras variables como la circunferencia escrotal, define qué cantidad de hembras podría llegar a preñar con éxito.

-¿Cuál es la vida útil reproductiva de un toro?

–En general, un toro de rodeo comercial tiene una vida útil que arranca a los dos años o bien a los 15 meses –según mi tesis de investigación– y se prolonga hasta los seis años de vida. Ello implica entre tres y cuatro temporadas de servicio. Los toros se mandan a faena, luego de superar ese tiempo.

–¿Por qué?

–Normalmente, es por enfermedades, pero existen otras razones. Puede que los toros sufran accidentes que conlleven lesiones en sus penes o en sus patas, o bien, por el simple hecho de que comienza a haber hijas en el rodeo que limitan sus posibilidades de reproducción.

Pablo Esteban – Página 12


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